Don Quijote de la Mancha, segunda parte

Los leones

En el camino, don Quijote y Sancho conocen a un caballero vestido de verde, y poco después llega una carreta con dos leones.

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Don Quijote siguió su camino muy orgulloso de su victoria. Pero Sancho estaba seguro: aquel escudero era Tomé Cecial, porque le había hablado de su casa y de su mujer.

—Todo es obra de los encantadores que me persiguen, Sancho —dijo don Quijote—. Ya sabes lo fácil que es para ellos cambiar unas caras por otras: tú viste a Dulcinea tan hermosa como es, y yo la vi como una campesina fea.

Sancho no dijo nada más, porque él sabía muy bien que el encantamiento de Dulcinea era una mentira suya.

En eso, un hombre los alcanzó por el camino. Venía en una yegua muy hermosa y llevaba un abrigo verde de buena tela. Tenía unos cincuenta años y una mirada entre alegre y seria. Don Quijote lo invitó a ir con ellos, y el hombre aceptó. Lo miraba con mucha atención, porque nunca había visto a nadie así: tan alto, tan flaco, tan amarillo, con unas armas tan viejas. Don Quijote se dio cuenta.

—No me sorprende, señor, que mi figura le parezca extraña —le dijo—. Soy caballero andante. Salí de mi casa para ayudar a las viudas y defender a las doncellas, y ya hay miles de libros con mi historia. Yo soy don Quijote de la Mancha.

—¿Todavía hay caballeros andantes en el mundo? —dijo el hombre—. Si no lo veo con mis propios ojos, no lo creo.

Después le contó quién era él: don Diego de Miranda, un hidalgo rico de un pueblo cercano. Vivía tranquilo con su familia, leía buenos libros, pero ninguno de caballerías, daba dinero a los pobres y nunca hablaba mal de nadie.

A Sancho le pareció la vida de un santo. Bajó rápido de su burro y empezó a besarle los pies.

—¿Qué hace usted, hermano? —preguntó don Diego.

—Déjeme besarlos —respondió Sancho—. Usted es el primer santo a caballo que veo en toda mi vida.

—No soy ningún santo, sino un gran pecador.

Hasta don Quijote, que iba muy serio, se rio. Después hablaron de poesía, y don Quijote habló tan bien que don Diego empezó a pensar que tal vez no estaba loco.

Mientras tanto, Sancho fue a pedirles un poco de leche a unos pastores. De pronto, don Quijote vio venir una carreta con banderas del rey. Creyó que era una nueva aventura y llamó a Sancho a gritos: quería su casco.

Sancho les estaba comprando requesón a los pastores. Ya lo había pagado y no quería perderlo, pero no sabía dónde ponerlo. Así que lo echó dentro del casco de su amo, que llevaba colgado en el burro, y fue corriendo.

—Dame el casco, amigo —dijo don Quijote—. Allí viene una aventura.

—Es solo una carreta con unas banderas pequeñas —dijo don Diego—. Seguro que lleva dinero del rey.

Pero don Quijote no le creyó. Se puso el casco rápido, sin mirar dentro. El requesón se aplastó, y empezó a correrle un líquido blanco por la cara y por la barba.

—¿Qué es esto, Sancho? Parece que se me derrite el cerebro, o que sudo de pies a cabeza. Y si sudo, no es de miedo. Dame algo para limpiarme.

Sancho le dio un pañuelo sin decir nada. Don Quijote se quitó el casco, vio dentro aquella cosa blanca, la olió y gritó:

—¡Por la vida de mi señora Dulcinea, esto es requesón! ¡Lo pusiste tú, traidor!

—Si es requesón, démelo, señor, y me lo como —respondió Sancho muy tranquilo—. ¿Yo, ensuciar el casco de usted? Seguro que yo también tengo encantadores que me persiguen, y lo pusieron ahí para que usted se enoje conmigo. Si yo tuviera requesón, lo pondría en mi estómago, no en su casco.

—Todo puede ser —dijo don Quijote.

Se limpió, se puso otra vez el casco, tomó la lanza y se puso delante de la carreta.

—¿Adónde van, hermanos? ¿Qué llevan en esta carreta?

—Dos leones en sus jaulas —respondió el carretero—. Son un regalo del gobernador de Orán para el rey.

—¿Y son grandes?

—Nunca pasaron de África a España otros más grandes —respondió el otro hombre—. Yo soy el guardián de los leones. El macho va en esta primera jaula, y la hembra en la de atrás. Y tienen hambre, porque hoy no comieron. Así que apártese, por favor.

Don Quijote sonrió un poco.

—¿Leoncitos a mí? ¿A mí, leoncitos? Pues van a ver si soy hombre que tiene miedo de los leones. Baje usted, buen hombre, abra esas jaulas y saque a esas bestias. Aquí, en medio del campo, van a saber quién es don Quijote de la Mancha.

«Ya está», pensó don Diego. «El requesón le ablandó la cabeza».

—Señor, por Dios —le dijo Sancho—, no deje que mi amo luche con esos leones. ¡Nos van a hacer pedazos a todos!

—¿Tan loco está su amo?

—No está loco —respondió Sancho—, sino que es muy atrevido.

Don Diego intentó convencer a don Quijote, pero él no lo escuchó.

—¡Abre esa jaula ahora mismo —le gritó al guardián—, o con esta lanza te clavo a la carreta!

Sancho, con lágrimas en los ojos, le pidió a su amo que no lo hiciera.

—Mire, señor, que aquí no hay encantamiento. Yo vi entre las rejas una uña de león, y por la uña creo que el león es más grande que una montaña.

—El miedo te lo hace parecer más grande, Sancho. Apártate. Si muero aquí, ve a ver a Dulcinea. No te digo más.

Don Diego, Sancho y el carretero se alejaron lo más posible. Sancho lloraba, seguro de que su señor iba a morir, pero no dejaba de pegarle al burro para alejarse más.

Don Quijote decidió luchar a pie, porque Rocinante podía asustarse al ver al león. Saltó del caballo, dejó la lanza, tomó el escudo y sacó la espada. Después, paso a paso, fue a ponerse delante de la carreta y le pidió ayuda a Dios y a su señora Dulcinea.

El guardián abrió la jaula del todo. Dentro estaba el león: era enorme y tenía un aspecto terrible. Primero se estiró. Después abrió la boca, bostezó muy despacio y se lavó la cara con su lengua larguísima. Luego sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con unos ojos como el fuego. Don Quijote lo esperaba sin moverse.

Pero el león, más educado que orgulloso, no hizo caso de tonterías. Miró a un lado y a otro, le dio la espalda a don Quijote, le mostró el trasero y se volvió a echar en la jaula, muy tranquilo.

—¡Pégale con un palo! —le ordenó don Quijote al guardián—. ¡Hazlo enojar para que salga!

—Eso no lo hago yo —respondió el guardián—, porque si lo enojo, me va a hacer pedazos a mí primero. Señor caballero, quede usted contento: nadie puede ser más valiente. El león tiene la puerta abierta y no sale. Un caballero solo tiene que desafiar a su enemigo y esperarlo. Si el enemigo no viene, la vergüenza es para él, y el que espera gana.

—Es verdad —dijo don Quijote—. Cierre la puerta, amigo. Y cuénteles a todos lo que vio: usted abrió la jaula, yo esperé, y el león no salió.

Puso en la punta de la lanza el pañuelo del requesón y empezó a moverlo en el aire. Sancho lo vio desde lejos.

—¡Que me maten si mi señor no venció a las fieras! Nos está llamando.

Poco a poco volvieron, y el guardián contó lo que pasó. Exageró mucho el valor de don Quijote: el león, al verlo, tuvo miedo y no se atrevió a salir.

—¿Qué te parece, Sancho? —dijo don Quijote—. Los encantadores me pueden quitar la suerte, pero el valor, nunca. Dales dos monedas de oro al carretero y al guardián, por el tiempo que perdieron por mí.

El guardián le besó las manos y prometió contarle aquella gran hazaña al mismo rey.

—Pues si el rey pregunta quién la hizo —dijo don Quijote—, dígale que fue el Caballero de los Leones. Desde hoy ese es mi nombre, y no el Caballero de la Triste Figura.

La carreta siguió su camino, y ellos el suyo. Don Diego iba callado y pensaba: «Cuando habla, este hombre parece cuerdo e inteligente. Pero lo que hace es de un loco». Don Diego no conocía el libro sobre don Quijote, y por eso no entendía su locura. Esa tarde los llevó a su casa, y allí don Quijote y Sancho descansaron unos días.

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