La Edad de Oro

Meñique: el roble y el pozo

En el palacio del rey, los tres hermanos prueban su suerte con el roble encantado.

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Por fin llegaron al palacio del rey. El roble estaba más grande que nunca, y nadie había podido abrir el pozo. En la puerta estaba el cartel con el sello real: el rey prometía casar a su hija y dar la mitad de su reino a quien cortara el roble y abriera el pozo, fuera un señor de la corte o un pobre campesino. Pero el rey estaba cansado de tantas pruebas inútiles, y debajo había mandado poner otro cartel, más pequeño, con letras rojas:

«Sepan todos que el rey manda cortar las orejas, debajo del mismo roble, al hombre que venga a cortar el árbol o a abrir el pozo y no lo consiga. Así aprenderá a conocerse y a ser modesto.»

Alrededor de este cartel había treinta orejas clavadas en la pared. Eran de quince hombres que se creyeron más fuertes de lo que eran.

Pedro leyó el aviso y se echó a reír. Se miró los brazos, que tenían músculos como cuerdas, levantó el hacha por encima de la cabeza y, de un golpe, cortó una de las ramas más gruesas del roble. Pero en el mismo lugar salieron enseguida dos ramas nuevas, más fuertes todavía. Y los soldados del rey le cortaron las orejas sin decir nada más.

—¡Inútil! —dijo Pablo.

Fue al tronco con el hacha en la mano y, de un golpe, cortó una raíz grande. Pero en lugar de una salieron dos raíces enormes. El rey, furioso, mandó cortar las orejas también a Pablo, porque no había aprendido nada de su hermano.

Pero Meñique no tuvo miedo y se acercó al roble.

—¡Saquen de ahí a ese enano! —dijo el rey—. ¡Y si no quiere irse, córtenle las orejas!

—Señor rey, su palabra es sagrada —dijo Meñique—. La palabra de un hombre es ley. Su cartel me da derecho a probar mi suerte. Si no corto el árbol, tendrá tiempo para cortarme las orejas.

—Y la nariz también, si no lo cortas —dijo el rey.

Con mucho trabajo, Meñique sacó el hacha encantada de su gran saco de cuero. El hacha era más grande que él. Y Meñique le dijo:

—¡Corta, hacha, corta!

Y el hacha cortó. Cortó las ramas, cortó el tronco, sacó las raíces y limpió la tierra a la derecha y a la izquierda. Del roble quedó tanta leña que con ella se calentó el palacio todo aquel invierno.

Cuando ya no quedaba del árbol ni una hoja, Meñique fue adonde estaba el rey, sentado al lado de la princesa, y los saludó con mucha cortesía.

—Ahora dígame, señor rey, ¿dónde quiere que le abra el pozo?

Toda la corte fue con el rey al patio del palacio para ver abrir el pozo. El rey se sentó en un lugar alto, más alto que todos los demás. La princesa se sentó un poco más abajo y miraba con miedo a aquel hombrecito que le iban a dar por marido.

Meñique, muy tranquilo, abrió su gran saco de cuero, puso el mango en el pico, lo colocó en el lugar que marcó el rey y le dijo:

—¡Cava, pico, cava!

Y el pico empezó a cavar, y el granito saltaba en pedazos. En menos de un cuarto de hora quedó abierto un pozo muy hondo.

—¿Le parece, señor rey, que este pozo es bastante hondo?

—Es hondo, pero no tiene agua.

—Agua tendrá —dijo Meñique.

Metió el brazo en el gran saco de cuero, le quitó el musgo a la cáscara de nuez y la puso entre unas flores, al borde del pozo. Entonces dijo:

—¡Brota, agua, brota!

Y el agua empezó a brotar entre las flores con un ruido suave. El aire del patio se volvió fresco. El agua caía en cascadas, y en un cuarto de hora el pozo estaba lleno. Hubo que abrir un canal para llevar afuera el agua que sobraba.

—Y ahora —dijo Meñique, con una rodilla en el suelo—, ¿cree, señor rey, que hice todo lo que usted pedía?

—Sí, marqués Meñique —respondió el rey—. Te daré la mitad de mi reino. O mejor: te pagaré lo que vale tu mitad. Voy a poner un impuesto nuevo, y mi pueblo lo pagará con mucho gusto, para que su rey tenga agua buena. Pero no puedo casarte con mi hija, porque en eso no mando yo solo.

—¿Y qué más quiere que haga, señor rey? —dijo Meñique.

Se puso de puntillas, con su mano pequeña en la cintura, y miró a la princesa a la cara.

—Mañana te lo diremos, marqués Meñique —le dijo el rey—. Ahora ve a dormir en la mejor cama de mi palacio.

Pero en cuanto el rey se fue, Meñique salió a buscar a sus hermanos. Los encontró juntos, tristes y sin orejas.

—Díganme, hermanos, ¿no hice bien en querer saberlo todo y en ir a ver de dónde venía el agua?

—Suerte, nada más que suerte —dijo Pablo—. La suerte es ciega y ayuda a los tontos.

—Hermanito —dijo Pedro—, con orejas o sin orejas, creo que hiciste muy bien. Quisiera que papá estuviera aquí para verte.

Y Meñique se llevó a sus dos hermanos, Pedro y Pablo, a dormir en buenas camas.

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