Lazarillo de Tormes

El vendedor de bulas

Lázaro sirve poco tiempo a un fraile que siempre está en la calle y después a un vendedor de bulas que sabe convencer a cualquiera.

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Tuve que buscar el cuarto amo, y fue un fraile de la Merced. Me mandaron con él aquellas vecinas de las que le hablé, que lo llamaban pariente. Era gran enemigo del coro y de comer en el convento, y se moría por andar fuera, ocuparse de negocios del mundo y hacer visitas; tanto, que creo que gastaba él más zapatos que todo el convento junto. Este me dio los primeros zapatos que gasté en mi vida, pero no me duraron ni ocho días, y yo tampoco pude aguantar su paso más tiempo. Por esto y por otras cosillas que no digo, lo dejé.

Mi quinto amo fue, por mi buena suerte, un buldero, un vendedor de bulas. Las bulas eran unos papeles de la Iglesia que prometían el perdón de los pecados a quien pagaba por ellos. Mi amo era el hombre más atrevido y desvergonzado, y el mayor mentiroso, que yo he visto en mi vida, y no creo que nadie haya visto otro igual, porque siempre buscaba maneras nuevas y trucos muy astutos.

Cuando entraba en un pueblo donde tenía que presentar la bula, primero les llevaba a los clérigos algún regalito de poco valor: una lechuga, si era la temporada, un par de limas o naranjas, unos duraznos, unas peras. Así los tenía contentos, para que ayudaran a su negocio y mandaran a la gente a comprar la bula.

Después averiguaba cuánto sabían. Si le decían que entendían latín, no decía ni una palabra en latín, para no tropezar, sino que hablaba en un español elegante y con mucha soltura. Y si sabía que aquellos clérigos eran de los que se hacen sacerdotes más con dinero que con estudios, se hacía entre ellos el gran sabio y hablaba dos horas en latín; por lo menos, eso parecía, aunque no lo era.

Cuando la gente no le compraba las bulas por las buenas, buscaba la manera de que las compraran por las malas: unas veces molestaba al pueblo y otras veces usaba trucos muy hábiles. Y como sería largo contar todos los que le vi hacer, contaré uno muy astuto y gracioso, con el que se verá bien lo listo que era.

En un pueblo de la Sagra, cerca de Toledo, había predicado dos o tres días haciendo todo lo de costumbre, y nadie le había comprado una bula, y, a mi parecer, nadie pensaba comprarla. Estaba furioso con aquello y, pensando qué hacer, decidió invitar al pueblo a la iglesia a la mañana siguiente, para despedirse con un último sermón.

Esa noche, después de cenar, él y el alguacil que viajaba con nosotros se pusieron a jugar para ver quién pagaba el postre, y por el juego empezaron a pelearse. Él llamó ladrón al alguacil, y el alguacil a él, falsificador. Entonces el señor comisario, mi amo, tomó una lanza que había en la entrada, y el alguacil puso la mano en su espada. Con los gritos llegaron los huéspedes y los vecinos y se metieron en medio, y como no podían usar las armas, se insultaron con palabras. Entre otras cosas, el alguacil gritó que mi amo era un falsificador y que las bulas que predicaba eran falsas. Al final, los del pueblo se llevaron al alguacil de la posada a otro lugar, le pidieron a mi amo que se calmara, y nos acostamos todos.

Por la mañana, mi amo fue a la iglesia y mandó tocar las campanas para la misa y el sermón. La gente se juntó, y todos hablaban mal de las bulas: decían que eran falsas y que el mismo alguacil lo había descubierto en la pelea. Si antes tenían pocas ganas de comprarlas, ahora no querían ni verlas.

El señor comisario subió al púlpito, empezó su sermón y animó a la gente a no quedarse sin el gran bien y el perdón que traía la santa bula. Cuando estaba en lo mejor del sermón, entró por la puerta de la iglesia el alguacil. Primero rezó; después se levantó y, con voz alta, lenta y tranquila, empezó a decir:

—Buenos hombres, óiganme una palabra, y después oigan a quien quieran. Yo vine aquí con este charlatán que les predica. Él me engañó: me pidió que lo ayudara en este negocio y me prometió que íbamos a repartir la ganancia. Pero ahora veo el daño que haría a mi conciencia y al dinero de ustedes, y me arrepiento. Por eso les digo claramente que las bulas que predica son falsas: no le crean ni se las compren. Yo no tengo ninguna parte en ellas, ni de cerca ni de lejos, y desde ahora dejo mi vara de alguacil y la tiro al suelo. Y si algún día castigan a este hombre por su engaño, ustedes serán mis testigos de que yo no estoy con él ni lo ayudo, sino que les abro los ojos y les digo la verdad.

Y terminó su discurso. Algunos hombres honrados que estaban allí quisieron levantarse y echar al alguacil de la iglesia para evitar el escándalo. Pero mi amo los detuvo y mandó a todos, bajo pena de excomunión, que no lo molestaran y lo dejaran decir todo lo que quisiera.

Cuando el alguacil se calló, mi amo le preguntó si quería decir algo más. El alguacil respondió:

—Hay mucho más que decir de usted y de sus mentiras, pero por ahora basta.

El señor comisario se puso de rodillas en el púlpito, juntó las manos, miró al cielo y dijo así:

—Señor Dios, para quien nada está escondido y nada es imposible, tú sabes la verdad y sabes con cuánta injusticia me ofenden. Yo perdono a ese hombre, para que tú, Señor, me perdones a mí. Pero la ofensa que te hace a ti no la dejes pasar, porque alguno de los que están aquí ya no comprará esta santa bula por creer sus palabras falsas. Por eso te pido, Señor, que hagas aquí un milagro ahora mismo: si es verdad lo que dice ese hombre, y yo traigo maldad y engaño, que este púlpito se hunda conmigo muy hondo bajo la tierra, y que nunca más nos vean. Y si es verdad lo que digo yo, y él habla mal de mí por culpa del demonio, para quitarles a todos los presentes un bien tan grande, que también sea castigado y que todos conozcan su maldad.

Apenas había terminado su oración mi devoto amo cuando el pobre alguacil se cayó al suelo con un golpe tan fuerte que sonó en toda la iglesia. Empezó a gritar como un toro, a echar espuma por la boca y a torcerla, a hacer muecas con la cara y a dar patadas y puñetazos, mientras rodaba por el suelo de un lado a otro. El ruido y los gritos de la gente eran tan fuertes que nadie oía a nadie. Unos decían:

—¡Que Dios lo ayude!

Y otros:

—Se lo merece, por decir una mentira tan grande.

Al final, algunos se acercaron, creo que con bastante miedo, y lo agarraron de los brazos y de las piernas, porque no había mula en el mundo que diera patadas tan fuertes. Así lo tuvieron un buen rato: más de quince hombres estaban encima de él, y a todos les daba golpes, y si se descuidaban, en plena cara.

Mientras tanto, mi amo seguía de rodillas en el púlpito, con las manos y los ojos puestos en el cielo, tan perdido en Dios que ni el llanto, ni el ruido, ni los gritos de la iglesia lo podían sacar de su santa oración.

Aquellos buenos hombres se acercaron a él, lo despertaron a gritos y le suplicaron que ayudara a aquel pobre, que se estaba muriendo. Le pidieron que olvidara las malas palabras del alguacil, porque ya tenía su castigo: ahora todos veían claramente la culpa del alguacil y la bondad de mi amo, porque Dios había castigado al culpable en cuanto él se lo pidió.

El señor comisario, como quien despierta de un dulce sueño, los miró a ellos, miró al culpable y a todos los que estaban alrededor, y les dijo muy despacio:

—Buenos hombres, ustedes nunca deberían rogar por un hombre a quien Dios ha castigado de una manera tan clara. Pero como Él nos manda no devolver mal por mal y perdonar las ofensas, podemos pedirle con confianza que cumpla lo que nos manda y que perdone a este hombre, que lo ofendió poniendo obstáculos a su santa fe. Vamos todos a rogarle.

Bajó del púlpito, y todos se pusieron de rodillas delante del altar y empezaron a cantar en voz baja con los clérigos, pidiendo a Dios que perdonara a aquel pecador y echara de él al demonio. Mi amo llegó con la cruz y el agua bendita, levantó las manos al cielo, con los ojos tan vueltos hacia arriba que casi no se le veía más que un poco de blanco, y empezó una oración tan larga como devota. Con ella hizo llorar a toda la gente, como en los sermones de Semana Santa.

Después mandó traer la bula y se la puso en la cabeza al alguacil. Y aquel pecador empezó a mejorar poco a poco y a volver en sí. Cuando ya estaba del todo despierto, se echó a los pies del señor comisario y le pidió perdón. Confesó que había dicho aquellas cosas por orden del demonio, porque al demonio le dolía mucho el bien que allí se iba a hacer con la compra de la bula. Mi amo lo perdonó, y los dos hicieron las paces. Y fue tanta la prisa por comprar la bula que casi no quedó en el pueblo nadie sin ella: maridos y mujeres, hijos e hijas, mozos y mozas.

La noticia de lo que había pasado corrió por los pueblos de alrededor, y cuando llegábamos a ellos, no hacía falta sermón ni ir a la iglesia: la gente venía a la posada a comprar las bulas como si fueran peras que se regalaban. Así, en diez o doce pueblos de aquella zona, mi amo vendió miles de bulas sin predicar ni un sermón.

Confieso mi pecado: cuando vi aquello, yo también me asusté y creí que era verdad, como muchos otros. Pero después vi cómo se reían y se burlaban del negocio mi amo y el alguacil, y entendí que todo había sido una invención de mi ingenioso amo. Y aunque yo era un muchacho, me hizo mucha gracia, y pensé: «¡Cuántas de estas deben de hacer estos burladores entre la gente inocente!».

En fin, estuve con este quinto amo cerca de cuatro meses, y en ellos también pasé muchos trabajos.

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