Ratón Pérez

La casa de Ratón Pérez

Buby viaja por un túnel oscuro y llega a una casa muy especial, donde vive una familia de ratones.

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Ratón Pérez toma a Buby de la mano, y los dos entran corriendo por un agujero. El agujero está debajo de la cama, y la alfombra lo esconde.

Ahora corren por un túnel. Está muy oscuro, y las paredes están mojadas. Por todas partes hay animalitos muy pequeños que pican y muerden. A veces, donde se cruzan dos caminos, Ratón Pérez se para y mira bien antes de seguir.

Buby siente un frío extraño desde la nariz hasta la punta de la cola. ¿Es miedo? Sí, es miedo. Pero Buby recuerda algo que aprendió: tener miedo es natural, y el valiente es el que vence su miedo. Entonces Buby vence su miedo, y es valiente.

Una vez se oye un ruido terrible encima de ellos. Buby pregunta muy bajito:

—¿Aquí vive don Gaiferos?

Ratón Pérez mueve la cola: no. Arriba, en la calle, pasan muchos carruajes, nada más. Y los dos siguen adelante.

Poco después llegan a un sótano grande, limpio y caliente. Huele a queso. En el centro hay una montaña de quesos enormes. Dan la vuelta a los quesos, y allí está: una caja grande de galletas. Es la casa de la familia Pérez, en la calle del Arenal, número 8.

—Les presento a un turista extranjero —dice Ratón Pérez a su familia—. Está de visita en la ciudad.

La señora Pérez está al lado de la chimenea, donde arde un fuego pequeño y alegre. Borda un gorro para su esposo. Sus hijas cosen con Miss Old-Cheese, una ratona inglesa muy culta que les enseña. Todas reciben al visitante con una sonrisa elegante, como damas que conocen bien la buena sociedad.

—Bienvenido, señor. Siéntese, por favor —dice la señora Pérez.

A Buby le gusta mucho esa casa tranquila y caliente, con su familia tan contenta.

Adelaida y Elvira sirven el té en unas tazas muy pequeñas y muy lindas. Después, hay un poco de música. Adelaida toca el arpa y canta una canción triste. Canta muy bien, y a Buby le encanta. Adelaida no es bonita, pero es muy elegante. Mueve la cola despacio, con un poco de tristeza. Seguro que tiene una pena secreta.

Elvira, en cambio, es muy alegre y un poco ruidosa. Toca el piano y canta con mucha fuerza, como un soldado antes de la batalla. Sus ojos brillan con cada nota.

En ese momento entra Adolfo, el hijo. Viene del club. Saluda a Buby con mucha elegancia:

—Mucho gusto, señor. ¿Usted juega al polo? ¿Y al tenis?

Adolfo solo habla de polo y de tenis. Del polo, del tenis y otra vez del polo. De nada más.

Buby quiere quedarse mucho tiempo más. Pero Ratón Pérez, que salió un momento, vuelve con su bolsa roja en la espalda. Ahora la bolsa está llena.

—Ya es hora de irnos —le dice a Buby, con mucho respeto.

Buby se despide de todos con mucha educación. La señora Pérez le da un beso fuerte en cada mejilla. Adelaida le da la pata con un aire triste: parece decir adiós para siempre. Elvira le da la mano y la mueve con fuerza, arriba y abajo, como los ingleses. Miss Old-Cheese hace una reverencia muy seria y lo mira con sus lentes hasta que ya no lo ve.

Adolfo los acompaña hasta la entrada de la tubería. Allí le dice otra vez a Buby que quiere presentarlo en su club de polo. Y le explica, por tercera vez, qué raquetas de tenis son las mejores:

—Para manos de ratón, las pequeñas, señor. Las grandes pesan mucho.

Buby le da las gracias. Y mientras se va, piensa que Adolfo es muy elegante, pero no muy inteligente.

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