Don Quijote, muy serio y con voz firme, continuó hablando ante todos en la mesa:
—Ya hemos visto que el estudiante sufre de pobreza. Ahora veamos si el soldado es más rico. Les aseguro que nadie es más pobre que un soldado. Su sueldo llega tarde o nunca, y muchas veces tiene que robar para comer, con gran peligro para su vida y su conciencia. En invierno, duerme en el campo, al aire libre, sin más abrigo que su propio aliento. Su única cama es la tierra, donde se puede mover todo lo que quiera sin preocuparse de que se le caigan las sábanas.
Don Quijote miró a los invitados y siguió hablando con pasión:
—¿Y cuál es el gran premio del soldado después de todo este sufrimiento? Llega el día de la batalla y su "premio" puede ser una bala en la cabeza o quedarse sin un brazo o una pierna. Y si por un milagro sale vivo y entero, a veces sigue tan pobre como antes. Díganme, señores, ¿han pensado cuántos soldados mueren en comparación con los que reciben un premio? Los muertos no se pueden contar, pero los premiados se pueden contar con los dedos de una mano.
Hizo una pausa para tomar aire, mientras todos lo miraban impresionados por su elocuencia.
—Con los letrados (hombres de letras y leyes) es al revés. Siempre encuentran un buen trabajo y viven bien. Así que el soldado trabaja más y recibe mucho menos. Algunos dicen que sin las letras, las armas no funcionarían, porque la guerra necesita leyes. Pero las armas responden que, sin ellas, las leyes no existirían, porque con las armas se defienden las ciudades, los reinos y se limpian los mares de piratas.
Don Quijote se levantó un poco de su silla para darle más fuerza a sus palabras:
—Ser un buen letrado cuesta tiempo, hambre y dolor de cabeza. Pero ser un buen soldado cuesta todo eso y, además, a cada paso, arriesgas la vida. ¿Qué miedo puede tener un estudiante comparado con el miedo de un soldado que, durante una batalla en el mar, tiene que saltar a un barco enemigo mientras le disparan cañones? ¡Y sabe que si da un paso en falso caerá al agua profunda para no volver jamás! Eso sí es valentía verdadera.
De repente, la voz de don Quijote se llenó de tristeza y rabia:
—¡Benditos sean los siglos antiguos, donde no existían las armas de fuego! Creo que el inventor de la artillería y la pólvora está ardiendo en el infierno. Por culpa de esas máquinas diabólicas, un cobarde desde lejos puede quitarle la vida a un valiente caballero en un instante. Por eso, a veces me entristece ser un caballero andante en esta época tan mala. Me preocupa que la pólvora me quite la oportunidad de hacerme famoso con mi fuerza y mi espada. Pero no importa, el cielo me ayudará. Si triunfo ahora, mi gloria será mayor, porque los peligros de hoy son peores que los del pasado.
Mientras decía todo este largo e inteligente discurso, don Quijote se había olvidado completamente de comer. Sancho Panza le había dicho varias veces que cenara, pero él no le hacía caso. Todos en la mesa sentían mucha lástima. Era muy triste ver que un hombre con una inteligencia tan brillante para hablar de la vida perdiera por completo la cabeza al hablar de libros de caballerías.
El cura, que era un hombre estudiado, le dijo a don Quijote que tenía toda la razón sobre la importancia de las armas.
Cuando terminaron de cenar, las mujeres (Luscinda, Dorotea, la mora Zoraida y la hija de la ventera) se fueron a dormir juntas a la habitación de don Quijote, que las criadas habían arreglado para ellas.
Entonces, don Fernando le pidió al hombre recién llegado, el cristiano cautivo (prisionero rescatado), que les contara la historia de su vida. Estaba seguro de que un hombre que llegaba de tierras árabes con una mora tan hermosa debía tener una historia increíble que contar.
El cautivo, con mucha educación, respondió:
—Con mucho gusto haré lo que me piden. Solo espero que mi historia no los aburra.
Todos le agradecieron y le pidieron que empezara. El cautivo pidió silencio, se sentó cómodamente y, con voz tranquila y agradable, comenzó a contar su verdadera y asombrosa historia.