Don Quijote
Capítulo 4

De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta

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Era de madrugada cuando don Quijote salió de la venta. Estaba tan contento de ser ya un caballero oficial que la alegría casi le hacía explotar. Pero recordó los consejos del dueño de la posada: necesitaba dinero, camisas limpias y un escudero (un sirviente). Decidió volver a su pueblo para buscar todo eso y contratar a un vecino suyo, un campesino pobre con hijos, perfecto para ser su escudero.

En el camino, escuchó unos gritos en el bosque.

— ¡Gracias al cielo! —pensó don Quijote—. Ya tengo mi primera aventura para salvar a alguien en peligro.

Entró en el bosque y vio a un chico de unos quince años atado a un árbol. El chico estaba sin camisa, y un campesino fuerte lo estaba golpeando con un cinturón.

Don Quijote se acercó muy enfadado y gritó:

— ¡Cobarde! Es de mala educación atacar a quien no puede defenderse. ¡Tome su lanza y suba a su caballo para luchar conmigo!

El campesino, asustado al ver a ese hombre lleno de armas, respondió con respeto:

Señor caballero, este chico es mi criado, Andrés. Cuida mis ovejas, pero es tan descuidado que cada día pierdo una. Lo castigo por eso, pero él dice que lo hago para no pagarle el dinero que le debo. Y le juro a usted que él miente.

— ¡Miente usted, villano! —gritó don Quijote—. Páguele ahora mismo o lo mato con mi lanza. ¿Cuánto le debe?

El chico dijo que su amo le debía setenta y tres reales. Don Quijote le ordenó al campesino que pagara inmediatamente. El hombre juró que no tenía el dinero allí, pero prometió que si Andrés iba con él a su casa, le pagaría todo.

— ¡No iré con él! —lloró el chico—. Si nos quedamos solos, me matará a golpes.

No lo harárespondió don Quijote—. Él me lo ha jurado por la ley de la caballería andante. Si no te paga, yo, el valeroso don Quijote de la Mancha, volveré y lo castigaré.

Con esto, don Quijote se fue muy orgulloso. En cuanto desapareció, el campesino ató de nuevo al chico al árbol y lo golpeó hasta dejarlo casi muerto. Después lo soltó y le dijo riendo:

Ve ahora a buscar a tu caballero para que te ayude.

El pobre Andrés se fue llorando de dolor, mientras don Quijote viajaba muy feliz, creyendo que había hecho una gran obra.

Más tarde, don Quijote llegó a un cruce de caminos. Para imitar a los caballeros de sus libros, dejó que su caballo Rocinante elegiera la dirección. El caballo, por supuesto, tomó el camino hacia su establo en el pueblo.

Poco después, vio a un grupo de mercaderes de Toledo que viajaban a Murcia para comprar seda. Iban a caballo y llevaban sombrillas para protegerse del sol, acompañados de sus sirvientes.

Don Quijote pensó que era otra gran aventura. Se puso en medio del camino, levantó su lanza y gritó con voz arrogante:

— ¡Que se detenga todo el mundo! Nadie puede pasar por aquí si no confiesa primero que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso, es la mujer más hermosa de la tierra.

Los mercaderes se pararon y enseguida se dieron cuenta de que el hombre estaba loco. Uno de ellos, que era muy bromista, le respondió:

Señor caballero, no conocemos a esa señora. Muéstrenos un retrato suyo, aunque sea del tamaño de un grano de trigo. E incluso si el retrato nos muestra que ella es fea o que le sale azufre por los ojos, nosotros diremos que es la más hermosa solo para complacerle a usted.

— ¡No le sale azufre, canalla infame! —respondió don Quijote furioso—. ¡Es más recta que un árbol! Pagaréis muy caro por ese insulto contra mi señora.

Don Quijote atacó al mercader con su lanza, lleno de rabia. Pero tuvo mala suerte: Rocinante tropezó y cayó al suelo, tirando a su amo. Don Quijote rodó por la tierra y no pudo levantarse porque su armadura antigua era demasiado pesada. Desde el suelo, seguía gritando:

— ¡No huyan, cobardes! ¡He caído por culpa de mi caballo, no por la mía!

Uno de los sirvientes de los mercaderes se enfadó mucho al escuchar sus insultos. Se acercó, rompió la lanza de don Quijote en pedazos y usó uno de los trozos para darle una paliza terrible. Lo golpeó con tanta fuerza que casi le rompe todos los huesos.

Finalmente, el sirviente se cansó y los mercaderes continuaron su viaje, dejando al pobre caballero apaleado en el suelo. Don Quijote intentó levantarse de nuevo, pero tenía el cuerpo destrozado. A pesar de todo, se sentía feliz, porque creía que esta era una desgracia típica de los caballeros andantes y que todo había sido culpa de su caballo.

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