Don Quijote
Capítulo 50

El cuento del pastor y el lago mágico

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—¡Pero eso es imposible! —respondió don Quijote indignado—. ¿Cómo pueden ser mentira unos libros que están impresos con el permiso del Rey, que son leídos por ricos y pobres, y que cuentan todos los detalles de la vida de los héroes? Cállese y léalos; verá cuánto disfruta. ¡No hay nada mejor en la vida que imaginar una aventura mágica!

Los ojos de don Quijote se iluminaron de emoción y continuó con voz soñadora:

Imagínese un lago de fuego negro hirviendo, lleno de horribles serpientes y monstruos. De repente, una voz misteriosa le dice al caballero: "Si quieres descubrir los siete castillos de las siete hadas que están escondidos bajo esta agua, debes tener valor y saltar al lago negro". El valiente caballero se tira al fuego y... ¡sorpresa! Aparece en un campo bellísimo, lleno de árboles verdes, pajaritos y arroyos de agua cristalina como diamantes. Allí encuentra un castillo con murallas de oro macizo. De la puerta salen unas hermosas princesas que lo llevan adentro, lo bañan, le ponen ropa de seda fina y le sirven la comida más deliciosa del mundo mientras escucha una música suave. ¡Todo esto es una maravilla para el espíritu!

Don Quijote suspiró, mirando hacia el cielo.

Le aseguro que desde que soy caballero, soy un hombre más valiente, educado y paciente. Espero con ansias el día en que pueda ser rey o emperador. No por el poder, sino para poder darle dinero a mis amigos y hacer a mi fiel Sancho gobernador de un territorio, como le he prometido.

Al escuchar esto, Sancho, que estaba comiendo, se acercó rápidamente.

—¡Claro que , mi señor! Yo seré un buen gobernador. Y si no hacerlo, buscaré a alguien inteligente que haga el trabajo por mientras yo descanso como un duque y vivo feliz de mi dinero.

El religioso sonrió ante la simpleza de Sancho.

Amigo Sancho, cobrar el dinero es fácil, pero gobernar y hacer justicia requiere mucha inteligencia y buena intención. Si no tienes experiencia, podrías hacerle mucho daño a la gente.

Yo no entiendo de esas cosas de filosofíarespondió Sancho con mucha confianza—. Solo que si yo soy el rey, haré lo que me la gana. Y si hago lo que me da la gana, seré feliz. Y si soy feliz, ya no necesito nada más en el mundo. Así que denme mi isla y asunto terminado.

El cura y el religioso se rieron mucho de las respuestas de Sancho y de las extrañas historias de don Quijote.

En ese momento, llegaron los criados del líder religioso con la comida. Pusieron una alfombra sobre la hierba verde a la sombra de los árboles y todos se sentaron a comer.

De repente, escucharon un ruido entre los arbustos. Una hermosa cabra de colores blanco y negro salió corriendo hacia ellos, asustada. Detrás venía un pastor gritando:

—¡Ay, cabra traviesa! ¿Por qué te escapas y no puedes estar tranquila con tus amigas? ¡Qué mala condición tienes, como todas las mujeres!

El pastor agarró a la cabra por los cuernos y le habló como si fuera una persona. El religioso le ofreció al pastor un trozo de carne y un poco de vino para que descansara.

No piensen que estoy loco por hablarle así a un animaldijo el pastor después de beber—. Aunque vivo en el campo, entiendo los misterios de la vida. Si ustedes tienen un momento, les contaré una historia real para demostrarles que a veces los pastores de las montañas sabemos mucho sobre el sufrimiento humano.

—¡A me encantan las historias y las aventuras! —dijo don Quijote—. Lo escucharé con mucho gusto.

Yo prefiero irme al arroyo a terminar de comerme este enorme pedazo de pan con carnedijo Sancho, alejándose del grupo—. Mi amo siempre dice que el escudero debe comer hasta reventar cuando hay comida, porque nunca sabemos cuándo nos perderemos en un bosque oscuro sin nada que llevarnos a la boca.

Don Quijote asintió y todos los demás se prepararon para escuchar atentamente el cuento del pastor.

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