Cuentos de la selva

El paso del Yabebirí

Un hombre herido llega al Yabebirí, y las rayas lo protegen de los jaguares.

Rozdział 7 Hiszpański A2 Podstawowy
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En el río Yabebirí, en Misiones, hay muchísimas rayas. Por eso se llama así: «Yabebirí» quiere decir «río de las rayas». Hay tantas que a veces es peligroso meter un pie en el agua. Yo conocí a un hombre que pisó una raya. La raya le clavó el aguijón en el talón, y el hombre tuvo que caminar cojeando hasta su casa. Lloraba y se caía de dolor. Es uno de los dolores más fuertes del mundo.

En el Yabebirí también hay muchos otros peces, y algunos hombres los pescaban con bombas de dinamita. Tiraban una bomba al río, la bomba explotaba y mataba a millones de peces, grandes y pequeños. Los peces pequeños no servían para nada, pero morían también.

Una vez, un hombre fue a vivir allí. Le daban lástima los peces pequeños, y no permitió más bombas de dinamita en el río. Los hombres podían pescar para comer, pero no matar a millones de peces sin razón. Al principio, los hombres de las bombas se enojaron. Pero el hombre era serio, aunque muy bueno, y los otros se fueron a pescar a otra parte. Los peces estaban muy contentos y muy agradecidos con su amigo. Lo reconocían cuando se acercaba a la orilla. Y cuando él caminaba junto al río y fumaba, las rayas lo seguían por el barro. Él no sabía nada, y vivía feliz allí.

Una tarde, un zorro llegó corriendo al Yabebirí, metió las patas en el agua y gritó:

—¡Eh, rayas! ¡Rápido! ¡Ahí viene su amigo, herido!

Las rayas corrieron a la orilla.

—¿Qué pasa? —preguntaron—. ¿Dónde está el hombre?

—¡Ahí viene! —gritó el zorro—. ¡Peleó con un jaguar, y el jaguar viene detrás! ¡Seguramente va a cruzar a la isla! ¡Déjenlo pasar, porque es un hombre bueno!

—¡Claro que lo vamos a dejar pasar! —contestaron las rayas—. ¡Pero el jaguar no va a pasar!

—¡Cuidado con él! —gritó el zorro—. ¡No se olviden de que es un jaguar!

Y de un salto, el zorro volvió a la selva.

En ese momento, el hombre apareció entre las ramas. Tenía la camisa rota y estaba muy herido. Caminó hacia el río, muy débil, y entró en el agua. Las rayas se apartaron para dejarlo pasar, y ninguna lo picó. Con el agua hasta el pecho, el hombre llegó a la isla. Allí cayó sin conocimiento en la arena, porque sangraba mucho.

De pronto, un rugido terrible hizo saltar a las rayas en el agua.

—¡El jaguar! ¡El jaguar! —gritaron, y corrieron rápido como una flecha a la orilla.

El jaguar también estaba muy herido. Vio al hombre en la isla, como muerto, rugió de rabia y se lanzó al agua para matarlo. Pero apenas metió una pata, sintió un dolor terrible, como de ocho o diez clavos, y saltó hacia atrás. Eran las rayas, que defendían el paso del río con el aguijón de la cola.

—¡Ah, ya sé qué es! —gritó el jaguar, furioso—. ¡Son ustedes, rayas! ¡Fuera del camino!

—¡No! —respondieron las rayas—. ¡Es un hombre bueno! ¡No tienes derecho a matarlo!

—¡Él me hirió a mí!

—¡Los dos se hirieron! ¡Eso es asunto de ustedes en la selva! ¡Aquí, en el río, nosotras lo protegemos! ¡No se pasa!

—¡Déjenme pasar! —rugió el jaguar por última vez.

—¡Jamás! —respondieron las rayas.

—¡Vamos a ver! —dijo el jaguar.

Y retrocedió para dar un salto enorme. El jaguar sabía que las rayas casi siempre están en la orilla, y pensó:

—Si salto muy lejos, en el medio del río no hay rayas, y puedo comerme al hombre.

Pero las rayas lo adivinaron. Bajo el agua, se avisaron unas a otras:

—¡Fuera de la orilla! ¡Al medio del río! ¡Al medio!

Y en un segundo, el ejército de rayas fue al medio del río. En ese momento, el jaguar dio su enorme salto y cayó en el agua. Primero no sintió nada, y se puso loco de alegría. Pero apenas dio un paso, sintió una lluvia de aguijones en las patas. Eran otra vez las rayas.

El dolor era tan terrible que el jaguar gritó y volvió corriendo a la orilla. Se echó de lado en la arena, y la barriga le subía y le bajaba. Estaba envenenado por las picaduras de las rayas.

Las rayas ganaron, pero no estaban tranquilas. Tenían miedo: tal vez iba a venir la hembra del jaguar, y después otros jaguares, y otros más.

Y así fue. La selva rugió otra vez, y apareció la hembra del jaguar. Se puso loca de furia al ver a su compañero en la arena. Se acercó al agua y gritó:

—¡Rayas! ¡Quiero pasar!

—¡No se pasa! —respondieron las rayas.

—¡Si no me dejan pasar, no va a quedar ni una raya con cola!

—¡Con cola o sin cola, no se pasa!

—¡Por última vez, déjenme pasar!

—¡Jamás!

Furiosa, la hembra metió sin querer una pata en el agua. Una raya se acercó despacio y le clavó el aguijón entre los dedos. La hembra rugió de dolor, y las rayas dijeron, con una sonrisa:

—¡Parece que todavía tenemos cola!

Pero la hembra tuvo una idea. Sin decir nada, se fue río arriba por la orilla. Las rayas entendieron enseguida su plan: quería cruzar el río por otro lugar, donde las rayas no sabían nada.

—¡Va a cruzar el río más arriba! —gritaron—. ¡No queremos que mate al hombre! ¡Pero nosotras no nadamos rápido! ¿Qué hacemos?

Entonces una rayita muy inteligente dijo:

—¡Ya sé! ¡Los dorados son nuestros amigos y nadan más rápido que nadie! ¡Vamos a mandarlos a avisar a las rayas de más arriba!

—¡Eso es! —gritaron todas—. ¡Los dorados!

En un momento salieron ocho o diez filas de dorados, un verdadero ejército. Nadaban río arriba a toda velocidad y dejaban surcos en el agua, como torpedos. Llegaron justo a tiempo y avisaron a las rayas de esa parte del río. La hembra ya nadaba hacia la isla, y las rayas corrieron a la orilla. Cuando la hembra puso las patas en el fondo, se lanzaron sobre ella con sus aguijones. Loca de dolor, la hembra saltaba en el agua y rugía. Al final dio la vuelta y se echó en la orilla, con las cuatro patas muy hinchadas.

Pero las rayas también estaban muy cansadas. Y lo peor: el jaguar y la hembra se levantaron y se fueron a la selva. ¿Qué iban a hacer? Las rayas hablaron un largo rato y al final dijeron:

—¡Ya sabemos! Van a buscar a los otros jaguares, y van a venir todos juntos. ¡Y van a pasar!

—¡Jamás! —gritaron las rayas jóvenes.

—Sí, van a pasar —respondieron tristes las más viejas—. Si son muchos, al final van a pasar. Vamos a preguntarle a nuestro amigo.

Fueron a ver al hombre. Estaba todavía en la arena, muy débil, pero podía hablar y moverse un poco. Las rayas le contaron todo. El hombre se emocionó mucho por la amistad de las rayas, que le salvaron la vida. Y acarició a las que estaban más cerca. Después dijo:

—No hay nada que hacer. Si los jaguares son muchos y quieren pasar, van a pasar.

—¡No van a pasar! —dijeron las rayas pequeñas—. ¡Usted es nuestro amigo!

—Sí, van a pasar, amiguitas —dijo el hombre, y añadió en voz baja—: Necesito mi rifle y muchas balas, pero están en mi casa. No tengo ningún amigo en el río, aparte de los peces, y ustedes no pueden andar por la tierra.

—¿Qué hacemos entonces? —preguntaron las rayas.

El hombre pensó un momento.

—Yo tenía un amigo —dijo—. Un pequeño capibara que creció en mi casa y jugaba con mis hijos. Un día volvió a la selva, y creo que vive aquí, en el Yabebirí. Pero no sé dónde.

—¡Nosotras lo conocemos! —gritaron las rayas, felices—. ¡Vive en la punta de la isla! ¡Una vez nos habló de usted! ¡Lo vamos a buscar ahora mismo!

Un dorado muy grande nadó río abajo a buscar al capibara. Mientras tanto, el hombre mezcló en la mano una gota de sangre seca con un poco de agua para hacer tinta. Usó una espina de pescado como pluma, y escribió en una hoja seca esta carta: «Mándenme con el capibara el rifle y una caja de veinticinco balas».

Apenas terminó de escribir, toda la selva tembló con un rugido sordo: eran los jaguares, que llegaban para la batalla. Las rayas llevaron la carta con la cabeza fuera del agua, para no mojarla, y se la dieron al capibara. Y el capibara salió corriendo hacia la casa del hombre.

Entonces las rayas llamaron a los dorados y les gritaron:

—¡Rápido, amigos! ¡Naden por todo el río y llamen a todas las rayas! ¡Todas a la isla!

Y el ejército de dorados nadó río arriba y río abajo. De todas partes, de entre las piedras, del barro, de los arroyos, las rayas llegaron para defender el paso.

Justo a tiempo. Un rugido enorme hizo temblar el agua, y los jaguares aparecieron en la orilla. Eran muchísimos: ¡todos los jaguares de Misiones! Pero el río también estaba lleno de rayas.

—¡Déjennos pasar!

—¡No se pasa!

—¡Si no nos dejan pasar, no va a quedar ni una raya, ni hijo de raya, ni nieto de raya!

—¡Puede ser! —respondieron las rayas—. ¡Pero ni los jaguares, ni los hijos de jaguar, ni los nietos de jaguar, ni todos los jaguares del mundo van a pasar por aquí!

—¡Por última vez, déjennos pasar!

—¡Jamás!

Y empezó la batalla. Los jaguares saltaron al agua y cayeron sobre un suelo de rayas. Las rayas les clavaban los aguijones en las patas, y los jaguares rugían de dolor y se defendían con las uñas. Muchas rayas murieron. Pero también los jaguares quedaban muy heridos y volvían a la playa con las patas hinchadas. Las rayas no se rendían, y volvían una y otra vez a defender el paso.

La batalla duró media hora. Al final, todos los jaguares estaban otra vez en la playa, cansados y rugiendo de dolor. Ninguno pasó.

Pero las rayas también estaban muy cansadas, y muchas, muchísimas, estaban muertas. Las que quedaban dijeron:

—No vamos a resistir otra batalla como esta. ¡Dorados, vayan a buscar más rayas por todo el río!

Y los dorados nadaron otra vez río arriba y río abajo, tan rápido como torpedos.

Después las rayas fueron a ver al hombre.

—¡Ya no podemos más! —le dijeron tristes. Algunas lloraban, porque no podían salvar a su amigo.

—¡Váyanse, rayas! —respondió el hombre—. ¡Déjenme solo! ¡Ya hicieron mucho por mí! ¡Dejen pasar a los jaguares!

—¡Jamás! —gritaron todas las rayas juntas—. ¡El Yabebirí es nuestro río! ¡Y vamos a defender al hombre bueno que nos defendió a nosotras!

Entonces el hombre dijo, contento:

—¡Rayas! Estoy casi muerto y apenas puedo hablar. Pero si llega el rifle, ¡esos jaguares no van a pasar!

—¡Sí, ya sabemos! —contestaron las rayas, muy contentas.

Pero no pudieron decir nada más, porque la batalla empezaba otra vez. Los jaguares ya estaban descansados. Se levantaron, se agacharon para saltar y rugieron:

—¡Por última vez: déjennos pasar!

—¡Jamás! —respondieron las rayas.

Los jaguares saltaron al agua, y la batalla empezó de nuevo, más terrible que antes. Las rayas morían, y los jaguares rugían de dolor, pero nadie daba un paso atrás. Y de pronto los jaguares avanzaron. Los dorados buscaban más rayas por todo el río, pero ya no había. Todas estaban delante de la isla: la mitad estaba muerta, y las otras estaban heridas y sin fuerzas.

Las pobres rayas entendieron que no podían resistir ni un minuto más. Cinco jaguares ya nadaban hacia la isla, y después otros dos. Pronto todos los jaguares estaban en el medio del río. Solo se veían sus cabezas.

Pero en ese mismo momento, un animalito rojizo y peludo cruzaba el río nadando con todas sus fuerzas. ¡Era el capibara! Llevaba sobre la cabeza el rifle y las balas, fuera del agua.

El hombre dio un grito de alegría. ¡Todavía podía defender a las rayas! El capibara lo empujó con la cabeza y lo puso de lado, porque el hombre solo no podía moverse. Y el hombre cargó el rifle, rápido como un rayo.

Las rayas ya veían que perdían la batalla y que los jaguares iban a comerse a su amigo. Pero en ese momento oyeron un disparo. El primer jaguar, que ya pisaba la arena de la isla, dio un salto y cayó muerto.

—¡Bravo, bravo! —gritaron las rayas, locas de alegría—. ¡El hombre tiene el rifle! ¡Estamos salvadas!

El hombre seguía disparando, tranquilo, y cada disparo mataba a un jaguar. Y cada vez que un jaguar caía, las rayas movían la cola de alegría. Todo duró solo dos minutos. Uno tras otro, los jaguares se hundieron en el río.

En poco tiempo, las rayas, que tienen muchos hijos, volvieron a ser tantas como antes. El hombre se curó. Las rayas le salvaron la vida, y él estaba muy agradecido. Por eso se fue a vivir a la isla. Allí, en las noches de verano, le gustaba acostarse en la playa y fumar a la luz de la luna. Y las rayas, en voz baja, se lo mostraban a los peces que no lo conocían. Les contaban la gran batalla que una vez ganaron contra los jaguares junto a ese hombre.

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