Don Quijote de la Mancha, segunda parte

Un libro sobre don Quijote

Un joven vuelve de Salamanca con una noticia sorprendente: un libro cuenta las aventuras de don Quijote y Sancho.

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En un pueblo de la Mancha vivía un hidalgo pobre. Leyó tantos libros de caballerías que se volvió loco. Se hizo llamar don Quijote de la Mancha y salió por el mundo como caballero andante, sobre su caballo flaco, Rocinante. Como escudero llevó a Sancho Panza, un campesino de su pueblo, que lo seguía en su burro, porque don Quijote le prometió una isla para gobernar. Don Quijote ya había salido dos veces a buscar aventuras, la segunda con Sancho, y las dos veces volvió a casa lleno de golpes. La última vez, el cura y el barbero del pueblo lo trajeron encerrado en una jaula, sobre una carreta de bueyes.

Durante casi un mes, el cura y el barbero no fueron a verlo. No querían recordarle sus aventuras. Pero el ama y la sobrina les contaban que su señor estaba cada día mejor. Por fin, los dos amigos lo visitaron. Lo encontraron sentado en la cama, tan seco y tan flaco que parecía una momia. Don Quijote habló con mucha inteligencia de muchas cosas, sobre todo de cómo gobernar un país. El cura y el barbero pensaron que estaba curado.

Pero el cura quiso hacer una prueba. Contó una noticia de la corte: los turcos venían por el mar con muchos barcos de guerra.

—El rey tiene un remedio muy fácil —dijo don Quijote—. Tiene que llamar a todos los caballeros andantes de España. Aunque vengan solo seis, uno solo de ellos puede destruir todo el ejército de los turcos.

—¡Pobre don Quijote! —pensó el cura—. Está tan loco como antes.

—¡Ay! —gritó la sobrina—. ¡Mi tío quiere volver a ser caballero andante!

—Caballero andante voy a morir —respondió don Quijote.

La sobrina salió del cuarto, y poco después oyeron gritos en el patio. Eran el ama y la sobrina, que no dejaban entrar a Sancho Panza.

—¿Qué quieres tú en esta casa? —le decía el ama—. Tú eres el que saca a mi señor de casa y lo lleva por esos caminos.

—¡El engañado soy yo, y no tu amo! —respondió Sancho—. Me prometió una isla, y todavía la estoy esperando.

—¿Y qué es eso de islas? —preguntó la sobrina—. ¿Es algo de comer, comilón?

—No es de comer, sino de gobernar —dijo Sancho.

—Pues aquí no entras —dijo el ama—. Ve a gobernar tu casa y a trabajar tu campo, y déjate de islas.

Don Quijote tenía miedo: Sancho podía decir alguna tontería delante de todos. Así que lo llamó y lo hizo entrar. Los dos amigos se despidieron, y ya en la calle el cura le dijo al barbero:

—Ya vas a ver: cuando menos lo pensemos, nuestro hidalgo sale otra vez.

Don Quijote se encerró con Sancho en su cuarto.

—Dime, Sancho, ¿qué dice de mí la gente del pueblo? Quiero la verdad.

—La gente dice que usted está muy loco, señor, y que yo no soy menos tonto. Unos dicen: «Loco, pero gracioso». Otros: «Valiente, pero sin suerte». Pero hay más. Anoche volvió de Salamanca Sansón Carrasco, el hijo de Bartolomé Carrasco. Terminó allí sus estudios. Y me contó una cosa increíble: ¡ya hay un libro con la historia de usted! Allí estoy yo también, con mi nombre de Sancho Panza, y la señora Dulcinea del Toboso. Y cuenta cosas que pasamos los dos solos, sin nadie más. ¿Cómo las pudo saber el que lo escribió?

—Seguro que es un sabio encantador —respondió don Quijote—. A esos sabios no se les puede esconder nada. Ve, Sancho, y trae aquí a ese joven.

Sancho volvió pronto con Sansón Carrasco. Era un joven de unos veinticuatro años, pequeño y pálido, de cara redonda y boca grande. Era muy inteligente y le gustaban mucho las bromas. Al ver a don Quijote, se puso de rodillas delante de él.

—Deme usted sus manos, señor don Quijote de la Mancha. Usted es uno de los caballeros andantes más famosos del mundo.

—Entonces, ¿es verdad que hay un libro sobre mí?

—Tan verdad que ya hay más de doce mil libros impresos de su historia. Pronto va a estar en todos los países y en todas las lenguas. Los jóvenes lo leen, los hombres lo entienden y los viejos lo celebran. Cuando la gente ve un caballo flaco, dice: «Allí va Rocinante».

—¿Y qué aventuras le gustan más a la gente? —preguntó don Quijote, muy contento.

—Unos prefieren la de los molinos de viento, que a usted le parecieron gigantes. Otros, la de los dos ejércitos, que en realidad eran dos rebaños de ovejas. El libro lo cuenta todo, hasta los saltos del buen Sancho en la manta.

—En la manta no di saltos —respondió Sancho—. En el aire, sí, y más de los que yo quería.

—Usted, Sancho, es el segundo personaje más importante de la historia —dijo Sansón—. Y hay lectores que prefieren oírlo a usted más que a nadie.

Sancho se puso muy contento. Habló de la isla que su señor le prometió: ya estaba listo para gobernarla.

—Cuidado, Sancho —dijo Sansón—. Los cargos cambian a las personas. Como gobernador, tal vez no va a conocer ni a su propia madre.

—Eso les pasa a otros —respondió Sancho—, no a mí.

En ese momento, Rocinante relinchó en el establo. Para don Quijote, fue una señal clarísima. Decidió salir otra vez a buscar aventuras, y muy pronto. Le pidió a Sansón que guardara el secreto: no podía decirle nada al cura, ni al barbero, ni a la sobrina, ni al ama. Sansón lo prometió.

Sancho llegó a su casa muy alegre.

—Mi amo va a salir por tercera vez, mujer, y yo voy con él. Prepara bien el burro: no vamos a una boda, sino a dar la vuelta al mundo.

—Bueno —dijo ella—, pero si un día eres gobernador, no te olvides de nosotros.

—Si soy gobernador, voy a casar a Sanchica con un conde. Todos la van a llamar «señora».

—Eso no, Sancho. Cásala con uno como ella. Ahí está Lope Tocho, un muchacho fuerte y sano, que la mira con buenos ojos. Con un conde, ella no va a saber cómo vivir, y él la va a llamar campesina. No quieras ser más de lo que eres. Ya oigo a la gente: «¡Miren qué orgullosa va ahora! Ayer hilaba lana, y hoy va vestida de condesa».

—Sanchica va a ser condesa, aunque tú no quieras.

—El día que la vea condesa, ese día la entierro —respondió ella.

Y empezó a llorar, como si su hija ya estuviera muerta. Sancho la consoló: iba a hacerla condesa, sí, pero lo más tarde posible.

Cuando Sancho volvió y se encerró otra vez con don Quijote, el ama lo entendió todo. Corrió a casa de Sansón Carrasco. Él era inteligente y amigo de su señor: tal vez podía convencerlo.

—¡Ay, señor Sansón! ¡Mi amo se va otra vez! La primera vez nos lo trajeron lleno de golpes. La segunda, en una jaula, flaco y amarillo. ¡Gasté más de seiscientos huevos para curarlo!

—No se preocupe, señora —dijo Sansón—. Vaya a su casa. Voy enseguida, y va a ver maravillas.

El ama se fue más tranquila. Pero Sansón fue primero a ver al cura, para hablar con él de un plan.

En el cuarto, Sancho le dijo a su amo:

—Señor, quiero un sueldo fijo cada mes. Las promesas llegan tarde, mal o nunca. Yo quiero saber lo que gano, poco o mucho.

—Sancho —respondió don Quijote—, leí casi todas las historias de caballeros andantes, y en ninguna un caballero le paga un sueldo a su escudero. Todos servían por la recompensa: un día, si había suerte, recibían una isla. Yo no voy a cambiar las viejas costumbres de la caballería. Si no quieres venir así, quédate en tu casa. No me van a faltar escuderos.

Sancho se quedó triste y pensativo. Hasta ese momento, estaba seguro de que su amo nunca iba a salir sin él. En ese momento entraron Sansón y la sobrina. Ella creía que Sansón venía a convencer a su tío de que se quedara en casa. Pero Sansón abrazó a don Quijote y le dijo en voz alta:

—¡Oh, flor de la caballería andante! Señor don Quijote, salga usted hoy mejor que mañana. El mundo lo necesita. Y si hace falta, ¡yo puedo ser su escudero!

—¿Lo ves, Sancho? —dijo don Quijote—. Ya te dije que no me iban a faltar escuderos. Pero no, señor Sansón: usted tiene que quedarse aquí, con sus padres. Yo me arreglo con cualquier escudero, si Sancho no quiere venir.

—¡Sí quiero! —dijo Sancho, con lágrimas en los ojos—. Lo del sueldo fue idea de mi mujer. Vamos cuando usted quiera, señor.

Don Quijote y Sancho se abrazaron. El ama y la sobrina lloraban y maldecían a Sansón. ¡Qué mal amigo! Pero el joven tenía su plan, y lo hacía todo con el consejo del cura y del barbero.

Tres días después, al anochecer, don Quijote y Sancho salieron del pueblo sin que nadie los viera. Solo Sansón los acompañó un rato por el camino y les pidió noticias de sus aventuras. Después volvió al pueblo, y los dos tomaron el camino de El Toboso. Don Quijote quería ver a su señora Dulcinea y recibir su bendición antes de su primera aventura.

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