Don Quijote de la Mancha, segunda parte

Dulcinea encantada

Don Quijote quiere ver a Dulcinea en El Toboso, pero Sancho no sabe dónde está su casa.

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Por el camino, Sancho estaba preocupado. En el viaje anterior, don Quijote le dio una carta para Dulcinea, pero Sancho nunca fue a El Toboso a llevarla y no sabía cuál era la casa de la señora. En El Toboso todo se podía descubrir.

Al día siguiente, al anochecer, vieron por fin El Toboso. Don Quijote se puso muy alegre, y Sancho muy triste. Esperaron entre unos árboles hasta la medianoche, y después entraron en el pueblo.

Todos dormían. Solo se oían los perros, que ladraban muy fuerte, y de vez en cuando un burro o un gato. Para don Quijote, eran malas señales. Pero dijo:

—Sancho, hijo, llévame al palacio de Dulcinea. Tal vez la encontramos despierta.

—¿A qué palacio, señor? —respondió Sancho—. Yo la vi en una casa muy pequeña.

—Seguro que estaba en una parte pequeña de su palacio, con sus damas. Mira, Sancho: aquella sombra grande, allá, debe de ser el palacio de Dulcinea.

Fueron hacia la sombra. Después de unos doscientos pasos vieron una torre alta. No era un palacio, sino la iglesia del pueblo.

—Con la iglesia hemos dado, Sancho.

—Ya lo veo —respondió Sancho—. Y ojalá no demos también con nuestra tumba. No es buena señal andar por los cementerios a medianoche. Además, creo que la casa de la señora está en un callejón sin salida.

—¡Tonto! —gritó don Quijote—. ¿Dónde has visto palacios en callejones sin salida?

En ese momento pasó un joven campesino con dos mulas. Iba a trabajar al campo antes del amanecer.

—Buen amigo —le preguntó don Quijote—, ¿sabe usted dónde está el palacio de la princesa Dulcinea del Toboso?

—Señor, yo no soy de aquí —respondió el joven—. Pero creo que en este pueblo no vive ninguna princesa. Señoras, sí, muchas. Y cada una puede ser una princesa en su casa. Adiós, que ya viene el día.

Sancho quería sacar pronto a su amo del pueblo, porque si no, iba a descubrir su mentira.

—Señor, es mejor salir del pueblo —dijo—. Usted puede esperarme en un bosque cerca de aquí. Yo vuelvo de día, busco el palacio y hablo con la señora.

A don Quijote le pareció un buen consejo. No lejos del pueblo encontraron un bosque, y allí don Quijote le dio sus órdenes a Sancho:

—Ve, hijo, y pídele a mi señora que me dé su bendición. Y mira bien todo lo que hace cuando oye mi nombre: si se pone roja, si se toca el pelo. Así voy a saber lo que siente en su corazón.

Sancho subió a su burro y se fue. Pero apenas salió del bosque, bajó del burro, se sentó debajo de un árbol y empezó a hablar solo:

—A ver, Sancho, ¿adónde vas? A buscar a una princesa. ¿Y sabes cuál es su casa? No. Y si la gente de El Toboso descubre a qué vienes, te va a dar tantos palos que no te va a quedar un hueso sano.

Pensó un rato. Después siguió:

—Todo tiene remedio, menos la muerte. Mi amo está loco de atar. Dice que los molinos de viento son gigantes y que las ovejas son ejércitos. Entonces no va a ser difícil. La primera campesina que pase por aquí va a ser la señora Dulcinea. Si él no lo cree, yo lo juro. Y si él jura que no, yo juro más. Tal vez va a pensar que un encantador cambió la cara de su señora.

Con este plan, Sancho se quedó muy tranquilo. Esperó allí hasta la tarde, para que su amo creyera que venía de El Toboso. Y tuvo mucha suerte: cuando se levantó, vio venir desde El Toboso a tres campesinas sobre tres burras. Subió a su burro y volvió enseguida al bosque.

—¿Qué hay, Sancho? —preguntó don Quijote—. ¿Buenas o malas noticias?

—¡Buenas, señor! Suba a Rocinante y salga al camino. La señora Dulcinea viene a verlo con dos de sus damas. Vienen cubiertas de oro, perlas y diamantes. Tienen el pelo suelto sobre la espalda, como rayos de sol que juegan con el viento. Y vienen en tres caballos blancos, que es una maravilla verlos.

—¡Qué buenas noticias, Sancho! Por ellas te regalo los potros de mis tres yeguas de este año.

Salieron del bosque y vieron cerca a las tres campesinas. Don Quijote miró todo el camino, pero no vio a nadie más.

—¿Dónde están, Sancho? ¿Las dejaste fuera del pueblo?

—¿Cómo fuera del pueblo? ¿Tiene usted los ojos en la nuca? ¡Aquí están! ¡Brillan como el sol del mediodía!

—Yo solo veo a tres campesinas sobre tres burros, Sancho.

—¡Dios me libre! ¿Tres caballos blancos como la nieve le parecen burros?

—Pues te digo que son burros, tan seguro como que yo soy don Quijote y tú Sancho Panza. Por lo menos, así me parecen a mí.

—Calle, señor, no diga eso. Abra bien los ojos y venga a saludar a su señora.

Sancho fue hacia las campesinas. Bajó de su burro, tomó por la cuerda la burra de una de ellas y se puso de rodillas.

—Reina, princesa y duquesa de la belleza —dijo—, reciba usted a su caballero. Ahí lo tiene, quieto como una piedra delante de tanta belleza. Yo soy Sancho Panza, su escudero, y él es el caballero don Quijote de la Mancha.

Don Quijote se puso de rodillas junto a Sancho. Miraba con ojos muy abiertos a la que Sancho llamaba reina. Pero solo veía a una campesina de cara redonda y nariz chata, y no muy guapa. No podía decir ni una palabra.

—¡Apártense y déjennos pasar! —dijo la campesina, de muy mal humor—. ¡Tenemos prisa!

—¡Miren a estos señores! —dijo otra—. ¡Vienen a burlarse de las muchachas del pueblo!

—Levántate, Sancho —dijo entonces don Quijote—. Ya veo que la mala suerte no me deja en paz.

Y le dijo a la campesina:

—Y usted, señora, única alegría de mi corazón: un encantador malvado me persigue. Puso nubes en mis ojos e hizo que solo yo la viera como una pobre campesina. Pero no deje de mirarme con amor.

—¡Ay, qué cosas dice este! —respondió la campesina—. Apártense y déjennos ir.

Sancho se apartó, muy contento de su engaño. La campesina picó a su burra con un palo, y la burra empezó a saltar y la tiró al suelo. Don Quijote corrió a levantarla, pero no hizo falta. La campesina se levantó sola, corrió un poco hacia atrás, puso las dos manos sobre la burra y saltó encima, más ligera que un halcón. Se quedó sentada como un hombre, con una pierna a cada lado.

—¡Qué ligera es nuestra señora! —gritó Sancho—. ¡Salta mejor que el mejor jinete!

Las tres salieron corriendo y no volvieron la cabeza ni una vez. Don Quijote las miró hasta que desaparecieron. Después le dijo a Sancho:

—¿Ves, Sancho, cuánto me odian los encantadores? No me dejaron ver a mi señora como es. La convirtieron en una campesina fea y pobre. Y también le quitaron su buen olor de flores. Cuando me acerqué para subirla a su caballo, que a mí me pareció una burra, me llegó un olor a ajo crudo que casi me mata.

—¡Oh, encantadores malvados! —gritó Sancho—. ¿También tenían que quitarle el buen olor? Yo, la verdad, no vi su fealdad, sino su belleza. Y la hacía más bella un lunar que tenía sobre el labio, con siete u ocho pelos rubios y largos, como hilos de oro.

—Si tuviera cien lunares como ese —dijo don Quijote—, en ella no serían lunares, sino lunas y estrellas. ¡Y yo no vi nada de eso, Sancho! Soy el más desgraciado de los hombres.

Sancho tenía que hacer un gran esfuerzo para no reírse. Su amo creía todas sus mentiras. Después subieron a sus animales y siguieron su camino. Don Quijote iba triste, pensando en su señora encantada.

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