Cuentos de la selva

Las medias de los flamencos

Los flamencos quieren ir elegantes al baile de las víboras y buscan unas medias de tres colores.

Rozdział 2 Hiszpański A2 Podstawowy
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Una vez, las víboras hicieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos, a los yacarés y a los peces. Los peces no tienen patas, y no pudieron bailar. Pero el baile era a la orilla del río. Los peces sacaban la cabeza del agua y aplaudían con la cola.

Los yacarés se pusieron en el cuello un collar de bananas, y fumaban cigarros. Los sapos se pegaron escamas de pez en todo el cuerpo. Caminaban moviéndose de un lado a otro, como los peces cuando nadan. Cada vez que pasaban muy serios por la orilla, los peces se burlaban de ellos.

Las ranas se perfumaron todo el cuerpo y caminaban en dos patas. Además, cada una llevaba colgada una luciérnaga, como una pequeña lámpara.

Pero las más hermosas eran las víboras. Todas llevaban un vestido de bailarina del mismo color que su piel. Las víboras rojas llevaban una falda roja, las verdes una falda verde y las amarillas una falda amarilla.

Y las más elegantes de todas eran las víboras de coral. Llevaban vestidos muy largos de tela fina, rojos, blancos y negros, y bailaban como cintas en el viento. Cuando las víboras bailaban y daban vueltas sobre la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.

Solo los flamencos estaban tristes. En esa época tenían las patas blancas, y tenían, como ahora, el pico muy grueso y torcido. Los flamencos no son muy inteligentes, y no sabían cómo adornarse. Por eso tenían envidia de todos, y sobre todo de las víboras de coral. Cada vez que una víbora de coral pasaba delante de ellos y movía su vestido largo, los flamencos sentían más envidia.

Entonces un flamenco dijo:

—Ya sé qué vamos a hacer. Vamos a ponernos medias rojas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

Todos juntos levantaron el vuelo, cruzaron el río y llegaron a una tienda del pueblo. Golpearon la puerta con las patas:

—¡Toc, toc!

—¿Quién es? —preguntó el dueño de la tienda.

—Somos los flamencos. ¿Tiene medias rojas, blancas y negras?

—No, no hay —contestó el hombre—. ¿Están locos? No van a encontrar medias así en ninguna parte.

Los flamencos fueron entonces a otra tienda.

—¡Toc, toc! ¿Tiene medias rojas, blancas y negras?

—¿Cómo? ¿Rojas, blancas y negras? —dijo el dueño—. No hay medias así en ninguna parte. ¿Quiénes son ustedes?

—Somos los flamencos —respondieron ellos.

—Entonces son flamencos locos —dijo el hombre.

Fueron a otra tienda más.

—¡Toc, toc! ¿Tiene medias rojas, blancas y negras?

—¿De qué color? —gritó el dueño—. ¡Solo unos pájaros tan raros piden medias así! ¡Váyanse ahora mismo!

Y el hombre los echó con la escoba.

Los flamencos fueron a todas las tiendas, y en todas partes los echaban por locos.

Entonces un armadillo que bebía agua en el río quiso burlarse de los flamencos. Les hizo un gran saludo y les dijo:

—¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé qué buscan ustedes. No van a encontrar esas medias en ninguna tienda. Pero mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Vayan a verla y pídanle las medias.

Los flamencos le dieron las gracias y se fueron volando a la cueva de la lechuza.

—¡Buenas noches, lechuza! —le dijeron—. Venimos a pedirte las medias rojas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras. Si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

—¡Con mucho gusto! —respondió la lechuza—. Esperen un momento. Vuelvo enseguida.

La lechuza se fue volando, y poco después volvió con las medias. Pero no eran medias: eran pieles de víboras de coral, muy bonitas. La lechuza acababa de cazar esas víboras y de quitarles la piel.

—Aquí están las medias —les dijo la lechuza—. Solo tienen que hacer una cosa: bailen toda la noche. Bailen sin parar, de lado, con el pico, con la cabeza. Pero no paren ni un momento, porque si paran, en vez de bailar van a llorar.

Pero los flamencos no son muy inteligentes, y no entendieron el gran peligro. Locos de alegría, metieron las patas en las pieles de las víboras, que eran como tubos. Así se las pusieron como medias. Y muy contentos se fueron volando al baile.

Cuando vieron a los flamencos con sus medias tan hermosas, todos sintieron envidia. Las víboras querían bailar solo con ellos. Los flamencos movían las patas todo el tiempo. Por eso las víboras no podían ver bien de qué eran esas medias tan bonitas.

Pero poco a poco, las víboras empezaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando a su lado, ellas bajaban la cabeza hasta el suelo para ver mejor.

Las víboras de coral estaban muy inquietas. No dejaban de mirar las medias, y trataban de tocar las patas de los flamencos con la lengua. La lengua de las víboras es como la mano de las personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin parar, aunque estaban muy cansados y ya no podían más.

Las víboras de coral vieron que los flamencos estaban muy cansados. Les pidieron a las ranas sus lámparas, que eran luciérnagas, y esperaron todas juntas. Sabían que los flamencos pronto iban a caerse de cansancio.

Y así fue. Un minuto después, un flamenco que ya no podía más tropezó con el cigarro de un yacaré y cayó de lado. Enseguida las víboras de coral corrieron con sus lámparas y le iluminaron bien las patas. Entonces vieron qué eran esas medias. Dieron un silbido tan fuerte que se oyó desde la otra orilla del Paraná.

—¡No son medias! —gritaron las víboras—. ¡Ya sabemos qué son! ¡Nos engañaron! Los flamencos mataron a nuestras hermanas y se pusieron sus pieles como medias. ¡Sus medias son de víboras de coral!

Cuando oyeron esto, los flamencos tuvieron mucho miedo y quisieron volar. Pero estaban tan cansados que no pudieron levantar ni un ala. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos. Se enrollaron en sus patas y les rompieron las medias a mordiscos. Furiosas, les arrancaban las medias en pedazos, y también les mordían las patas para matarlos.

Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado a otro, pero las víboras de coral no les soltaban las patas. Por fin no quedó ni un pedazo de las medias. Entonces las víboras, cansadas, los dejaron libres y se arreglaron los vestidos de baile. Estaban seguras de que los flamencos iban a morir. Por lo menos la mitad de las víboras que los mordieron eran venenosas.

Pero los flamencos no murieron. Corrieron al agua para calmar el dolor. Gritaban de dolor, y sus patas, que antes eran blancas, ahora estaban rojas por el veneno. Pasaron muchos días, y siempre sentían un ardor terrible en las patas. Y las patas seguían rojas como la sangre, porque el veneno estaba dentro.

Esto pasó hace muchísimo tiempo. Pero todavía hoy los flamencos están casi todo el día con sus patas rojas dentro del agua. Así calman el ardor.

A veces salen del agua y dan unos pasos por tierra, para ver si están mejor. Pero el dolor vuelve enseguida, y corren otra vez al agua. A veces el ardor es tan grande que levantan una pata. La tienen así horas y horas, porque no pueden estirarla.

Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen rojas. Todos los peces saben por qué, y se burlan de ellos. Pero los flamencos se vengan. Mientras se curan en el agua, se comen a todos los pececitos que se acercan demasiado para burlarse.

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