Cuentos de la selva

El loro pelado

Pedrito, un loro que vive con una familia, sale a explorar la selva y encuentra un jaguar.

Rozdział 3 Hiszpański A2 Podstawowy
Rzeczownik Nazwa własna Czasownik Czasownik posiłkowy Przymiotnik Przysłówek Zaimek Określnik Przyimek Liczebnik Spójnik współrzędny Spójnik podrzędny Partykuła Wykrzyknik Inne

Había una vez una bandada de loros que vivían en la selva. Por la mañana iban a comer maíz al campo, y por la tarde comían naranjas. Gritaban mucho y hacían mucho ruido. Siempre tenían un loro de guardia en los árboles más altos, para ver si venía alguien.

Los loros hacían mucho daño en los campos de maíz. Por eso los trabajadores los cazaban con la escopeta. Un día, un hombre le disparó a un loro de guardia. El loro cayó herido y luchó un buen rato, pero al final el hombre lo agarró. Lo llevó a la casa para los hijos del dueño. Los niños lo curaron, porque solo tenía un ala rota.

El loro se curó muy bien y se volvió muy manso. Se llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata. Le gustaba estar en el hombro de las personas. Con el pico les hacía cosquillas en la oreja.

Vivía libre y pasaba casi todo el día en los naranjos y los eucaliptos del jardín. A las cuatro o cinco de la tarde, la familia tomaba el té. Pedrito también entraba en el comedor. Subía a la mesa con el pico y las patas y comía pan mojado en leche. Le encantaba el té con leche.

Pedrito pasaba mucho tiempo con los niños, y ellos le decían muchas cosas. Así aprendió a hablar. Decía: «¡Buenos días, lorito!», «¡Rico pan!», «¡Pan para Pedrito!».

Pedrito era un loro muy feliz. Era libre, como quieren ser todos los pájaros. Y además tomaba el té todas las tardes, como las personas ricas.

Una tarde, después de cinco días de lluvia, salió por fin el sol. Pedrito se puso a volar y a gritar: «¡Qué lindo día, lorito! ¡Rico pan! ¡La pata, Pedrito!». Voló muy lejos. Muy abajo vio el río Paraná, como una cinta blanca y ancha. Siguió volando hasta el Paraguay, y por fin se posó en un árbol para descansar.

De pronto vio dos luces verdes en el suelo, entre las ramas. Brillaban como dos luciérnagas enormes.

—¿Qué es eso? —se dijo el loro—. ¡Rico pan! ¿Qué es eso? ¡Buenos días, Pedrito!

El loro hablaba siempre así, como todos los loros. Mezclaba las palabras, y a veces era difícil entenderlo. Y como era muy curioso, bajó de rama en rama para ver mejor. Entonces vio que las dos luces verdes eran los ojos de un jaguar. El jaguar estaba agachado y lo miraba sin moverse.

Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día que no tuvo miedo.

—¡Buenos días, jaguar! —le dijo—. ¡La pata, Pedrito!

Y el jaguar le respondió muy despacio, con su voz ronca y terrible:

—¡Buenos días!

—¡Buenos días, jaguar! —repitió el loro—. ¡Rico pan! ¡Rico pan!

Ya eran las cuatro de la tarde. Pedrito tenía muchas ganas de tomar té con leche. Olvidó que los animales de la selva no toman té con leche. Por eso invitó al jaguar:

—¡Rico, el té con leche! ¡Buenos días, Pedrito! ¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo jaguar?

Pero el jaguar se puso furioso, porque creyó que el loro se reía de él. Además, tenía hambre y quería comerse al pájaro hablador. Por eso le contestó:

—¡Bueno! Acércate un poco, porque soy sordo.

El jaguar no era sordo. Quería tener cerca a Pedrito para atraparlo con las uñas. Pero el loro solo pensaba en la familia. ¡Qué contentos iban a estar todos con un amigo tan elegante! Y bajó a una rama más cerca del suelo.

—¡Rico pan en casa! —gritó con todas sus fuerzas.

—¡Más cerca! ¡No oigo! —respondió el jaguar con su voz ronca.

El loro bajó un poco más y dijo:

—¡Rico, el té con leche!

—¡Más cerca todavía! —repitió el jaguar.

El pobre loro bajó todavía más. En ese momento, el jaguar dio un salto terrible, tan alto como una casa. Tocó a Pedrito con la punta de las uñas. No lo mató, pero le arrancó todas las plumas de la espalda y toda la cola.

—¡Toma! —rugió el jaguar—. Ve a tomar té con leche.

El loro gritaba de dolor y de miedo, y se fue volando. Pero no podía volar bien, porque no tenía cola. La cola es como el timón de los pájaros. Volaba de un lado a otro y casi se caía al suelo. Todos los pájaros se alejaban asustados de aquel animal tan raro.

Por fin llegó a la casa. Lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo del mundo. No tenía plumas en la espalda ni en la cola, y temblaba de frío.

¿Cómo iba a entrar en el comedor así? Voló hasta un hueco en el tronco de un eucalipto. Era como una cueva, y allí se escondió, temblando de frío y de vergüenza.

Mientras tanto, en el comedor todos lo extrañaban.

—¿Dónde está Pedrito? —preguntaban—. ¡Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!

Pero Pedrito no salía de su cueva y no contestaba. Lo buscaron por todas partes, pero no lo encontraron. Entonces todos creyeron que Pedrito estaba muerto, y los niños se pusieron a llorar. Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban del pobre loro.

Pero Pedrito no estaba muerto. Seguía en su cueva y no se mostraba a nadie. Le daba mucha vergüenza estar pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y subía enseguida. Muy temprano bajaba otra vez y se miraba en el espejo de la cocinera. Siempre estaba muy triste, porque las plumas tardaban mucho en crecer.

Por fin, una tarde, Pedrito entró en el comedor a la hora del té, muy tranquilo. Todos se pusieron felices al verlo vivo y con unas plumas lindísimas.

—¡Pedrito, lorito! —le decían—. ¿Qué te pasó, Pedrito? ¡Qué plumas tan brillantes tienes!

Ellos no sabían que eran plumas nuevas. Pedrito, muy serio, no decía nada. Solo comía pan mojado en té con leche, y no dijo ni una palabra.

Por eso el dueño de la casa se sorprendió mucho a la mañana siguiente. El loro voló a su hombro y empezó a hablar sin parar. En dos minutos le contó todo: su viaje al Paraguay, el jaguar y todo lo demás. Y cantaba muchas veces:

—¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma!

Y lo invitó a cazar al jaguar con él.

El dueño de la casa quería justamente una piel de jaguar para ponerla delante de la chimenea. Y le gustó la idea de tenerla gratis. Entró en la casa, tomó la escopeta y salió con Pedrito hacia el Paraguay. Los dos hicieron un plan. Pedrito iba a hablar con el jaguar para distraerlo. Mientras tanto, el hombre iba a acercarse despacio con la escopeta.

Y así fue. El loro se posó en una rama y hablaba y hablaba. Pero al mismo tiempo miraba a todos lados. Por fin oyó un ruido de ramas rotas. De pronto vio dos luces verdes debajo del árbol: eran los ojos del jaguar.

Entonces el loro se puso a gritar:

—¡Qué lindo día! ¡Rico pan! ¡Rico, el té con leche! ¿Quieres té con leche?

El jaguar reconoció al loro pelado. Creía que estaba muerto, ¡y ahora tenía otra vez unas plumas lindísimas! Se enojó muchísimo y decidió que esta vez no se le iba a escapar. Con los ojos llenos de rabia, respondió con su voz ronca:

—¡Acércate más! ¡Soy sordo!

El loro voló a otra rama más cerca, sin dejar de hablar:

—¡Rico pan con leche! ¡Está debajo de este árbol!

Cuando oyó estas palabras, el jaguar rugió y se levantó de un salto.

—¿Con quién hablas? —gritó—. ¿A quién le dijiste que estoy debajo de este árbol?

—¡A nadie, a nadie! —gritó el loro—. ¡Buenos días, Pedrito! ¡La pata, lorito!

Y seguía hablando y saltando de rama en rama, cada vez más cerca. Pero «¡Está debajo de este árbol!» era un aviso para el hombre, que se acercaba muy agachado con la escopeta.

Por fin el loro no pudo bajar más. Un poco más cerca, y el jaguar lo iba a atrapar. Entonces gritó:

—¡Rico pan! ¡Atención!

—¡Más cerca todavía! —rugió el jaguar, agachado para saltar.

—¡Rico, el té con leche! ¡Cuidado, va a saltar!

Y el jaguar saltó. Dio un salto enorme, pero el loro voló rápido como una flecha y se escapó. En ese mismo momento, el hombre disparó. El disparo le dio al jaguar en el corazón. El jaguar cayó muerto con un rugido que hizo temblar toda la selva.

¡Qué gritos de alegría daba el loro! Por fin se vengó del animal feo que le arrancó las plumas, y estaba loco de alegría.

El hombre también estaba muy contento, porque es muy difícil cazar un jaguar. Y ahora tenía la piel para el comedor.

Cuando llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito estuvo tanto tiempo escondido. Y todos lo felicitaron.

Desde entonces vivieron muy contentos. Pero el loro no olvidó lo que le hizo el jaguar. Todas las tardes, a la hora del té, se acercaba a la piel del jaguar, delante de la chimenea. Y lo invitaba a tomar té con leche:

—¡Rico pan! —le decía—. ¿Quieres té con leche? ¡Pan para el jaguar!

Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.

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