Cuentos de la selva

La gama ciega

Una gamita queda ciega después de tocar un nido de avispas, y su madre busca ayuda para curarla.

Rozdział 5 Hiszpański A2 Podstawowy
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Había una vez una gama que tuvo dos hijos gemelos, algo raro entre los venados. Un gato montés se comió a uno de ellos, y solo quedó la hembra, una gamita. Las otras gamas la querían mucho y siempre le hacían cosquillas.

Todas las mañanas, muy temprano, la madre le hacía repetir la oración de los venados. Dice así:

Primero: hay que oler bien las hojas antes de comerlas, porque algunas son venenosas.

Segundo: antes de bajar a beber, hay que mirar bien el río y quedarse quieto. Así uno está seguro de que no hay yacarés.

Tercero: cada media hora hay que levantar bien alto la cabeza y oler el viento, para sentir el olor del jaguar.

Cuarto: antes de comer la hierba del suelo, hay que mirar siempre bien, para ver si hay víboras.

Esta es la oración de los venados pequeños. Cuando la gamita la aprendió bien, su madre la dejó andar sola.

Una tarde, la gamita andaba por la selva y comía hojas tiernas. De pronto vio en el hueco de un árbol viejo muchas bolitas juntas que colgaban. Eran de color gris oscuro.

¿Qué era eso? Tenía un poco de miedo, pero era muy traviesa. Les dio un golpe con la cabeza y salió corriendo.

Después volvió y vio que las bolitas estaban rotas y que caían gotas. Muchas moscas pequeñas, rubias y muy delgadas, caminaban rápido por encima.

La gamita se acercó, y las moscas no la picaron. Entonces, muy despacio, probó una gota con la punta de la lengua y se lamió los labios de placer. ¡Esas gotas eran miel, y una miel riquísima! Las bolitas grises eran una colmena de abejas pequeñas que no pican, porque no tienen aguijón. Hay abejas así.

En dos minutos la gamita se comió toda la miel. Loca de alegría, fue a contárselo a su mamá. Pero su mamá la regañó muy seria.

—Ten mucho cuidado con los nidos de abejas, hija —le dijo—. La miel es muy rica, pero sacarla es muy peligroso. Nunca toques un nido de abejas.

—¡Pero no pican, mamá! —gritó la gamita, contenta—. Los tábanos sí pican. Las abejas, no.

—Te equivocas, hija —contestó la madre—. Hoy tuviste suerte, nada más. Hay abejas y avispas muy malas. Ten cuidado, hija, porque me vas a dar un gran disgusto.

—¡Sí, mamá! ¡Sí, mamá! —respondió la gamita.

Pero a la mañana siguiente, lo primero que hizo fue seguir los caminos que los hombres abrieron en la selva. Por allí era más fácil ver los nidos de abejas.

Por fin encontró uno. Esta vez las abejas eran oscuras, con una franja amarilla en la cintura, y el nido también era diferente. Pero la gamita pensó:

—Estas abejas son más grandes. Su miel debe de ser más rica.

También se acordó del consejo de su mamá. Pero creyó que su mamá exageraba, como exageran siempre las mamás de las gamitas. Y le dio un gran golpe al nido con la cabeza.

¡Nunca debió hacerlo! Enseguida salieron cientos, miles de avispas. La picaron en todo el cuerpo: en la cabeza, en la barriga, en la cola y, lo peor de todo, en los ojos. Más de diez avispas la picaron en los ojos.

La gamita, loca de dolor, corrió y corrió gritando. De repente tuvo que parar, porque ya no veía nada. Estaba ciega, completamente ciega.

Tenía los ojos muy hinchados y no podía ver. Se quedó quieta, temblando de dolor y de miedo, y lloraba sin parar:

—¡Mamá! ¡Mamá!

Su madre salió a buscarla, porque tardaba mucho. Por fin la encontró, y se desesperó al verla ciega. La llevó paso a paso hasta su casa en la selva, con la cabeza de su hija sobre el cuello. En el camino, todos los animales de la selva se acercaban a mirar los ojos de la pobre gamita.

La madre no sabía qué hacer. ¿Cómo podía curarla ella? Sabía que en el pueblo, al otro lado de la selva, vivía un hombre que tenía medicinas. El hombre era cazador y también cazaba venados, pero era un hombre bueno.

La madre tenía miedo de llevar a su hija a un hombre que cazaba gamas. Pero estaba desesperada y decidió hacerlo. Antes quiso ir a pedirle una carta de recomendación al oso hormiguero, que era muy amigo del cazador.

Escondió bien a la gamita y salió. Cruzó la selva corriendo, y un jaguar casi la atrapó. Cuando llegó a la casa de su amigo, estaba tan cansada que no podía dar un paso más.

Este amigo era un oso hormiguero pequeño, de color amarillo, con algo como una camiseta negra encima. Vivía casi siempre en los árboles y se colgaba de la cola. Nadie en la selva sabía por qué el oso hormiguero y el cazador eran tan amigos.

—¡Toc, toc! —llamó la gama, sin aliento.

—¿Quién es? —respondió el oso hormiguero.

—¡Soy yo, la gama!

—¡Ah, bueno! ¿Qué quiere la gama?

—Vengo a pedirle una carta de recomendación para el cazador. Mi hija, la gamita, está ciega.

—¿La gamita? —respondió el oso hormiguero—. Es muy buena. Por ella, sí, le doy lo que quiere. Pero no necesita nada escrito. Muéstrele esto al cazador, y la va a atender.

Y con la punta de la cola le dio a la gama una cabeza seca de víbora. Todavía tenía los colmillos con veneno.

—Muéstrele esto —repitió—. No necesita nada más.

—¡Gracias, oso hormiguero! —respondió la gama, contenta—. Usted también es muy bueno.

Y se fue corriendo, porque era muy tarde y pronto iba a amanecer.

Al pasar por su casa, recogió a su hija, que todavía se quejaba de dolor. Juntas llegaron por fin al pueblo. Allí caminaron muy despacio, muy pegadas a las paredes. Así los perros no podían oírlas.

Por fin llegaron a la puerta del cazador.

—¡Toc, toc! —golpearon.

—¿Qué pasa? —preguntó una voz de hombre desde adentro.

—¡Somos las gamas! ¡Tenemos la cabeza de víbora!

La madre lo dijo enseguida. Así el hombre iba a saber que eran amigas del oso hormiguero.

—¡Ah, ah! —dijo el hombre, y abrió la puerta—. ¿Qué pasa?

—Venimos para que cure a mi hija, la gamita. Está ciega.

Y le contó al cazador toda la historia de las abejas.

—¡Hum! Vamos a ver qué tiene esta señorita —dijo el cazador.

Entró en la casa y volvió con una silla alta. Sentó a la gamita en la silla para verle bien los ojos sin agacharse. Le miró los ojos muy de cerca con una lupa grande. La mamá iluminaba con una lámpara colgada del cuello.

—No es nada grave —dijo por fin el cazador, y ayudó a bajar a la gamita—. Pero hay que tener mucha paciencia. Póngale esta crema en los ojos todas las noches, y téngala veinte días en la oscuridad. Después póngale estos lentes amarillos, y se va a curar.

—¡Muchas gracias, cazador! —respondió la madre, muy contenta—. ¿Cuánto le debo?

—Nada —respondió el cazador con una sonrisa—. Pero tenga mucho cuidado con los perros. En la calle de al lado vive un hombre que tiene perros para cazar venados.

Las gamas tenían mucho miedo. Caminaban muy despacio y se detenían a cada momento. Pero los perros las olieron igual y las persiguieron hasta muy adentro de la selva. Corrían por un camino ancho, y adelante iba la gamita, que gritaba de miedo.

Todo pasó como dijo el cazador, y la gamita se curó. Pero fue muy difícil. La gamita tuvo que estar veinte días interminables en el hueco de un gran árbol. Adentro no se veía nada. Por fin, una mañana, la madre quitó con la cabeza el montón de ramas que tapaba el hueco. Y la gamita salió corriendo con sus lentes amarillos y gritó:

—¡Veo, mamá! ¡Ya veo todo!

Y la gama apoyó la cabeza en una rama y lloró de alegría, porque su gamita estaba curada.

La gamita se curó del todo. Pero, aunque estaba sana y contenta, tenía un secreto que la ponía triste. Quería pagarle al hombre que fue tan bueno con ella, y no sabía cómo.

Hasta que un día tuvo una idea. Empezó a recorrer la orilla de las lagunas y de los pantanos. Buscaba plumas de garza para el cazador. El cazador, por su parte, a veces se acordaba de aquella gamita ciega.

Una noche de lluvia, el hombre leía en su cuarto. Estaba muy contento, porque acababa de arreglar el techo de paja y ya no entraba la lluvia. De pronto oyó que llamaban a la puerta. Abrió y vio a la gamita, que le traía un pequeño paquete de plumas de garza, todas mojadas.

El cazador se rio. La gamita creyó que el cazador se reía de su pobre regalo. Se fue muy triste y con vergüenza. Entonces buscó plumas muy grandes, bien secas y limpias, y una semana después volvió con ellas. La primera vez el hombre se rio con cariño, pero la gamita no lo entendió. Por eso esta vez no se rio. Le regaló un tubo de bambú lleno de miel, y la gamita se la tomó loca de alegría.

Desde entonces la gamita y el cazador fueron grandes amigos. Ella siempre le llevaba plumas de garza, que valen mucho dinero, y se quedaba horas hablando con él. El hombre ponía siempre en la mesa un jarro lleno de miel y acercaba la silla alta para su amiga. Así pasaban el tiempo junto al fuego de la chimenea. Afuera, el viento y la lluvia golpeaban el techo de paja.

La gamita tenía miedo de los perros, y por eso solo iba en las noches de tormenta. Las tardes de lluvia, el cazador ponía en la mesa el jarro con miel y la servilleta. Después tomaba café, leía y esperaba el ¡toc, toc! tan conocido de su amiga la gamita.

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