Cuentos de la selva

La guerra de los yacarés

Un barco asusta a los peces del río, y los yacarés buscan una forma de proteger su comida.

Rozdział 4 Hiszpański A2 Podstawowy
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En un río muy grande, en un lugar donde nunca vivió un hombre, vivían muchos yacarés. Eran más de cien, o tal vez más de mil. Comían peces y también animales que iban a beber agua al río, pero sobre todo comían peces. Dormían la siesta en la arena de la orilla. En las noches de luna, a veces jugaban en el agua.

Todos vivían muy tranquilos y contentos. Pero una tarde, mientras dormían la siesta, un yacaré se despertó de repente y levantó la cabeza. Escuchó con atención, y lejos, muy lejos, oyó un ruido sordo y profundo. Entonces llamó al yacaré que dormía a su lado.

—¡Despiértate! —le dijo—. Hay peligro.

—¿Qué pasa? —preguntó el otro, asustado.

—No sé —contestó el primero—. Oigo un ruido que no conozco.

El segundo yacaré también oyó el ruido, y enseguida despertaron a todos los demás. Todos tenían miedo y corrían de un lado a otro con la cola levantada.

El ruido era cada vez más fuerte. Pronto vieron a lo lejos una pequeña nube de humo. Y oyeron en el río un ruido de ¡chas, chas, chas!, como golpes en el agua. Los yacarés se miraban unos a otros: ¿qué podía ser?

Entonces habló un yacaré viejo y sabio, el más viejo y el más sabio de todos. Solo le quedaban dos dientes sanos, a los lados de la boca. Una vez hizo un viaje hasta el mar.

—¡Yo sé qué es! —dijo—. ¡Es una ballena! Las ballenas son enormes y echan agua blanca por la nariz.

Cuando oyeron esto, los yacarés pequeños gritaron de miedo y se metieron de cabeza en el agua:

—¡Es una ballena! ¡Ahí viene la ballena!

—¡No tengan miedo! —les gritó el viejo yacaré—. ¡Yo conozco a la ballena! ¡Ella nos tiene miedo a nosotros!

Los pequeños se calmaron. Pero enseguida volvieron a asustarse. El humo gris se volvió negro, y el ¡chas, chas, chas! sonaba ahora muy fuerte. Los yacarés se hundieron en el río. Solo dejaron fuera del agua los ojos y la punta de la nariz. Y así vieron pasar delante de ellos una cosa enorme, llena de humo, que golpeaba el agua. Era un barco de vapor con ruedas, el primero que navegaba por ese río.

El barco pasó, se alejó y desapareció.

Entonces los yacarés salieron del agua. Estaban muy enojados con el viejo yacaré, porque los engañó con la historia de la ballena.

—¡Eso no es una ballena! —le gritaron al oído, porque el viejo era un poco sordo—. ¿Qué es eso que pasó?

El viejo yacaré les explicó que era un barco de vapor, lleno de fuego. Y les dijo que todos iban a morir si el barco seguía pasando. Pero los yacarés se rieron. ¿Por qué iban a morir? ¡El pobre viejo estaba loco!

Como tenían hambre, se pusieron a buscar peces. Pero no encontraron ni un solo pez. Los peces se fueron todos, asustados por el ruido del barco.

—¿No se lo dije? —dijo el viejo yacaré—. Ya no tenemos nada para comer. Vamos a esperar hasta mañana. Tal vez el barco no vuelve más, y entonces los peces van a volver.

Pero al día siguiente oyeron otra vez el ruido en el agua. El barco pasó de nuevo, con tanto humo que el cielo se puso oscuro.

—Bueno —dijeron entonces los yacarés—. El barco pasó ayer, pasó hoy y va a pasar mañana. Ya no van a venir peces ni animales a beber agua, y vamos a morir de hambre. Vamos a hacer un dique.

—¡Sí, un dique! ¡Un dique! —gritaron todos, y nadaron con todas sus fuerzas hacia la orilla.

Enseguida empezaron a trabajar. Fueron al bosque y cortaron más de diez mil árboles de madera muy dura. Los cortaron con la sierra que los yacarés tienen sobre la cola. Después los empujaron hasta el agua. Los clavaron de un lado a otro del río, a un metro uno de otro. Ahora ningún barco podía pasar, ni grande ni pequeño. Nadie iba a asustar a los peces. Y como estaban muy cansados, se acostaron a dormir en la playa.

Al día siguiente todavía dormían cuando oyeron el ¡chas, chas, chas! del barco. Todos lo oyeron, pero ninguno se levantó, ni siquiera abrió los ojos. ¿Qué les importaba el barco? Podía hacer mucho ruido, pero por allí no iba a pasar.

Y así fue. El barco se detuvo lejos. Los hombres miraron con sus binoculares esa cosa que cruzaba el río. Después mandaron un bote para ver qué era. Entonces los yacarés se levantaron, fueron al dique y miraron entre los troncos. Se reían del barco, que no podía pasar.

El bote se acercó al dique, y los hombres gritaron:

—¡Eh, yacarés!

—¿Qué pasa? —respondieron los yacarés, con la cabeza entre los troncos.

—¡Eso no nos deja pasar!

—¡Ya lo sabemos!

—¡Saquen el dique!

—¡No lo sacamos!

Los hombres hablaron un rato en voz baja y gritaron después:

—¿No lo sacan?

—¡No!

—¡Hasta mañana, entonces!

—¡Hasta mañana!

El bote volvió al barco, y los yacarés, locos de alegría, golpeaban el agua con la cola. Ningún barco iba a pasar por allí, y siempre iba a haber peces.

Pero al día siguiente llegó otro barco, y cuando los yacarés lo vieron, se quedaron mudos. Era un barco gris, mucho más grande que el otro. ¿Qué barco nuevo era ese? ¿Ese también quería pasar? ¡No, no iba a pasar!

—¡No va a pasar! —gritaron los yacarés, y cada uno corrió a su lugar entre los troncos del dique.

El barco nuevo se detuvo lejos, como el otro, y también mandó un bote al dique. En el bote venían un oficial y ocho marineros. El oficial gritó:

—¡Eh, yacarés! ¿No sacan el dique?

—¡No!

—Está bien —dijo el oficial—. Entonces lo vamos a romper con el cañón.

—¡Rómpanlo! —contestaron los yacarés.

Y el bote volvió al barco.

Ese barco gris era un barco de guerra, con cañones terribles. De pronto, el viejo yacaré que conocía el mar se acordó de esos barcos, y gritó a los otros:

—¡Escóndanse bajo el agua! ¡Rápido! ¡Es un barco de guerra! ¡Escóndanse!

Los yacarés desaparecieron bajo el agua en un momento y nadaron hasta la orilla. Allí se quedaron hundidos, solo con la nariz y los ojos fuera del agua. En ese mismo momento salió del barco una gran nube de humo blanco, y se oyó un ruido terrible. Una enorme bala de cañón cayó justo en el medio del dique. Enseguida cayó otra bala, y otra, y otra más. Cada bala rompía en pedazos una parte del dique. Al final no quedó nada: ni un tronco, ni un pedazo de madera. Y los yacarés, hundidos en el agua, vieron pasar el barco de guerra.

Entonces los yacarés salieron del agua y dijeron:

—Vamos a hacer otro dique, mucho más grande.

Esa misma tarde y esa misma noche hicieron otro dique, con troncos enormes. Después se acostaron a dormir, muy cansados. Al día siguiente todavía dormían cuando llegó otra vez el barco de guerra. El bote se acercó al dique.

—¡Eh, yacarés! —gritó el oficial—. ¡Saquen ese dique! ¡Si no, lo vamos a romper como el otro!

—¡Rómpanlo, si pueden! —respondieron los yacarés con orgullo. Estaban seguros de que ningún cañón del mundo podía romper su nuevo dique.

Pero un rato después el barco se llenó otra vez de humo. Con un ruido horrible, una bala explotó en medio del dique. Esta vez las balas del barco explotaban. Rompían los troncos enormes en mil pedazos, y al final no quedó nada del dique. Entonces el barco de guerra pasó delante de los yacarés. Los hombres se burlaban de ellos y se tapaban la boca.

—Bueno —dijeron los yacarés al salir del agua—. Vamos a morir todos, porque el barco va a pasar siempre y los peces no van a volver.

Y estaban muy tristes, porque los yacarés pequeños lloraban de hambre.

Entonces el viejo yacaré dijo:

—Todavía podemos salvarnos. Vamos a ver al Surubí. Él hizo conmigo el viaje hasta el mar, y tiene un torpedo. Una vez vio una batalla entre dos barcos de guerra y trajo un torpedo que no explotó. Vamos a pedírselo. Está muy enojado con nosotros, pero tiene buen corazón y no nos va a dejar morir.

El Surubí era un pez enorme. Hay surubíes de hasta dos metros de largo, y él era uno de ellos. Muchos años antes, los yacarés se comieron a un sobrinito suyo. Desde entonces, el Surubí no quería saber nada de ellos. Pero los yacarés fueron corriendo a verlo. Vivía en una cueva enorme en la orilla del río Paraná, y siempre dormía al lado de su torpedo.

—¡Eh, Surubí! —gritaron los yacarés desde la entrada de la cueva. No se atrevían a entrar, porque se comieron a su sobrinito.

—¿Quién me llama? —contestó el Surubí.

—¡Somos nosotros, los yacarés!

—No quiero saber nada de ustedes —respondió el Surubí, de mal humor.

Entonces el viejo yacaré entró un poco en la cueva y dijo:

—¡Soy yo, Surubí! ¡Soy tu amigo, el yacaré que hizo contigo el viaje hasta el mar!

Cuando oyó esa voz, el Surubí salió de la cueva.

—¡Ah, no te reconocí! —le dijo con cariño a su viejo amigo—. ¿Qué quieres?

—Venimos a pedirte el torpedo. Un barco de guerra pasa por nuestro río y asusta a los peces. Hicimos un dique, y lo rompió. Hicimos otro, y también lo rompió. Los peces se fueron, y vamos a morir de hambre. Danos el torpedo, y vamos a hundir ese barco.

El Surubí pensó un largo rato. Después dijo:

—Está bien. Les voy a prestar el torpedo, aunque no olvido lo que le hicieron al hijo de mi hermano. ¿Quién sabe disparar un torpedo?

Nadie sabía, y todos se callaron.

—Está bien —dijo el Surubí con orgullo—. Yo lo voy a disparar. Yo sé hacerlo.

Entonces prepararon el viaje. Los yacarés se ataron unos a otros, la cola de uno al cuello del otro. Así formaron una cadena muy larga. El Surubí empujó el torpedo al río y se puso debajo. Lo llevaba sobre la espalda para mantenerlo a flote. Con los dientes agarró la cola del último yacaré, y así empezaron el viaje. Los yacarés corrían por la orilla y tiraban. El Surubí llevaba el torpedo, que hacía olas como un barco. A la mañana siguiente, muy temprano, llegaron al lugar del último dique. Enseguida empezaron otro, mucho más fuerte que los anteriores. Esta vez, como les aconsejó el Surubí, pusieron los troncos muy juntos.

Una hora después de terminar el dique, apareció otra vez el barco de guerra. El bote con el oficial y los ocho marineros se acercó de nuevo. Los yacarés subieron a los troncos y sacaron la cabeza por arriba.

—¡Eh, yacarés! —gritó el oficial—. ¿Otra vez un dique?

—¡Sí, otra vez!

—¿No lo sacan?

—¡Nunca!

—Bueno, entonces escuchen —dijo el oficial—. Vamos a romper este dique, y después vamos a matarlos a ustedes con el cañón. No va a quedar ni uno vivo: ni grandes ni pequeños, ni gordos ni flacos, ni jóvenes ni viejos, como ese yacaré tan viejo que solo tiene dos dientes.

El viejo yacaré vio que el oficial se burlaba de él, y le dijo:

—Es verdad, tengo pocos dientes, y algunos están rotos. ¿Pero sabe usted qué van a comer mañana estos dientes?

Y abrió su enorme boca.

—¿Qué van a comer, a ver? —preguntaron los marineros.

—A ese oficialito —dijo el yacaré, y bajó rápido de su tronco.

Mientras tanto, el Surubí puso el torpedo en medio del dique, debajo del agua. Cuatro yacarés lo sostenían con cuidado y esperaban su señal. Los demás yacarés se hundieron cerca de la orilla, con la nariz y los ojos fuera del agua. El Surubí se hundió al lado de su torpedo.

De repente, el barco de guerra se llenó de humo y disparó contra el dique. La bala explotó justo en el centro, y diez o doce troncos volaron en mil pedazos. Pero el Surubí estaba atento. En el dique quedó un agujero, y él gritó enseguida a los cuatro yacarés:

—¡Suelten el torpedo! ¡Rápido, suéltenlo!

Los yacarés lo soltaron, y el torpedo subió hasta la superficie. En un segundo, el Surubí lo puso en el centro del agujero y apuntó con un solo ojo. Después encendió la máquina del torpedo y lo lanzó contra el barco.

¡Justo a tiempo! En ese momento, el barco disparaba otra vez contra el dique. Pero el torpedo ya llegaba al barco. Los hombres vieron el remolino del torpedo en el agua, gritaron de miedo y quisieron mover el barco. Pero era tarde. El torpedo chocó contra el centro del barco y explotó.

La explosión fue terrible. El barco se partió en mil pedazos. Las chimeneas, las máquinas y los cañones volaron muy lejos por el aire.

Los yacarés dieron un gran grito de triunfo y corrieron al dique. Por el agujero, el río arrastraba a los hombres del barco: algunos estaban muertos, otros heridos y otros vivos. Los yacarés subieron a los troncos y se burlaban de ellos, tapándose la boca con las patas.

No quisieron comerse a ningún hombre, excepto a uno. Cuando pasó un hombre vivo con adornos de oro en el uniforme, el viejo yacaré saltó al agua. Y ¡tac!, se lo comió de dos mordiscos.

—¿Quién es ese? —preguntó un yacaré pequeño que no sabía nada.

—Es el oficial —le respondió el Surubí—. Mi viejo amigo le prometió que se lo iba a comer, y se lo comió.

Después los yacarés sacaron lo que quedaba del dique. Ya no servía para nada, porque ningún barco de guerra iba a volver por allí. Al Surubí le gustaron mucho el cinturón y los cordones dorados del oficial, y los pidió de regalo. Tuvo que sacarlos de entre los dientes del viejo yacaré, porque se quedaron allí enredados. El Surubí se puso el cinturón debajo de las aletas y colgó los cordones de sus largos bigotes. La piel del Surubí es muy bonita, con manchas oscuras como las de una víbora. Con esos adornos, se veía muy elegante. Por eso nadó una hora delante de los yacarés, que lo miraban con la boca abierta.

Después los yacarés lo acompañaron hasta su cueva y le dieron las gracias muchísimas veces. Luego volvieron a su río. Los peces también volvieron, y los yacarés vivieron muy felices, y todavía viven felices. Al final se acostumbraron a ver pasar barcos de vapor que llevan naranjas.

Pero no quieren saber nada de barcos de guerra.

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