Don Quijote
Capitolul 22

La liberación de los prisioneros

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Mientras caminaban, don Quijote levantó los ojos y vio a doce hombres caminando por el camino. Todos estaban unidos por el cuello con una gran cadena de hierro y llevaban esposas en las manos. Con ellos iban cuatro guardias armados con escopetas y espadas.

Al verlos, Sancho Panza dijo:

Ahí va una cadena de galeotes (prisioneros condenados a remar en los barcos del rey).

—¿Cómo? —preguntó don Quijote—. ¿Es posible que el rey obligue a esta gente a ir por la fuerza?

No digo eso, señorrespondió Sancho—. Son criminales que, por sus delitos, reciben el castigo de servir al rey en las galeras.

En conclusióndijo su amo—, van por la fuerza y no por su propia voluntad. Entonces, mi deber como caballero es ayudarlos y darles la libertad.

—¡Cuidado, señor! —advirtió Sancho—. La justicia no les hace ningún daño, solo los castiga por ser ladrones.

Cuando el grupo se acercó, don Quijote pidió permiso a los guardias para preguntar a los prisioneros por qué iban allí. El guardia le dijo que podía preguntarles directamente.

Don Quijote se acercó al primero y le preguntó cuál era su crimen.

Voy por estar enamoradorespondió el hombre.

—¿Solo por eso? —dijo don Quijote—. Si por estar enamorados envían a la gente a la cárcel, yo debería estar allí también.

Mi amor fue diferenteexplicó el prisionero—. Me enamoré tanto de una canasta llena de ropa limpia que la abracé y la robé.

Don Quijote pasó al segundo hombre, que iba muy triste.

Este va por músico y cantordijo el primer prisionero.

—¿Por cantar también se va a prisión? —preguntó el caballero.

Un guardia explicó la broma:

Señor caballero, entre esta gente mala, "cantar" significa confesar. A este hombre lo torturaron y "cantó", es decir, confesó que era un ladrón de animales.

Después de hablar con otros prisioneros, don Quijote vio a un hombre de unos treinta años. Este prisionero llevaba más cadenas que todos los demás juntos y no podía ni mover las manos.

—¿Por qué lleva tantas cadenas este hombre? —preguntó don Quijote.

Porque él solo ha cometido más delitos que todos los demás juntosrespondió el guardia—. Es tan peligroso que tenemos miedo de que intente huir. Se llama Ginés de Pasamonte.

Ginés, que era muy arrogante, miró a don Quijote y le dijo:

Señor caballero, si nos va a dar dinero, dénoslo ya y váyase. Y si quiere saber mi historia, yo mismo estoy escribiendo un libro sobre mi vida.

—¿Y el libro ya está terminado? —preguntó don Quijote con curiosidad.

—¿Cómo va a estar terminado, si mi vida aún no ha terminado? —respondió Ginés riendo—. Lo escribiré en la cárcel, porque allí tendré mucha tranquilidad.

Al escuchar todas estas historias, don Quijote se puso en medio del camino y habló a los guardias:

Señores guardias, estos hombres han hecho cosas malas, pero Dios ya los castigará en el cielo. Dios hizo a los hombres libres. Por eso, les pido con educación que los dejen ir. Si no lo hacen por las buenas, mi lanza y mi espada los obligarán a hacerlo por las malas.

Un guardia se rio de él.

—¡Qué locura es esta! Váyase por su camino, señor, y arregle esa bacía (plato de barbero) que lleva en la cabeza en lugar de casco.

—¡ eres el cobarde! —gritó don Quijote.

Inmediatamente, don Quijote atacó al guardia con su lanza y lo tiró al suelo. Los otros guardias, sorprendidos, sacaron sus espadas para atacar a don Quijote. Pero los prisioneros aprovecharon la confusión para romper sus cadenas.

Sancho ayudó a Ginés de Pasamonte a liberarse. Ginés tomó la escopeta del guardia caído y apuntó a los demás guardias. Al ver a los prisioneros libres y armados, los guardias huyeron corriendo por el campo.

Sancho estaba muy asustado.

Señor, tenemos que escondernos en las montañas. Los guardias van a avisar a la Santa Hermandad (la policía de la época) y vendrán a buscarnos.

Tranquilo, Sancho, yo lo que hagodijo don Quijote.

El caballero llamó a todos los prisioneros libres, que estaban muy contentos.

Hombres libres, es importante agradecer las cosas buenas. Yo os he salvado. A cambio, solo os pido una cosa: debéis tomar estas cadenas, ir a la ciudad del Toboso, buscar a mi señora Dulcinea y contarle esta gran aventura.

Ginés de Pasamonte habló en nombre de todos:

Señor y libertador nuestro, eso es imposible. No podemos ir todos juntos por los caminos. Tenemos que separarnos y escondernos de la policía. Podemos rezar por usted, pero pedirnos que vayamos al Toboso es una locura.

Don Quijote se puso furioso.

—¡Pues vas a ir solo, hijo de un perro, con todas las cadenas en la espalda! —le gritó a Ginés.

Ginés, viendo que don Quijote estaba completamente loco, hizo una señal a sus compañeros. Los prisioneros se alejaron un poco y empezaron a tirar una lluvia de piedras contra don Quijote y Sancho.

Don Quijote cayó al suelo por el golpe de una piedra. Rápidamente, los prisioneros se acercaron. Le quitaron la bacía de la cabeza y la golpearon contra el suelo hasta romperla. También le robaron la chaqueta a Sancho, dejándolo casi sin ropa.

Después de robarles todo lo que pudieron, los delincuentes escaparon en diferentes direcciones.

En el camino solo quedaron Rocinante, el burro, Sancho y don Quijote. Sancho estaba muerto de miedo pensando en la policía, y don Quijote estaba muy triste y adolorido al ver que las mismas personas a las que había ayudado le habían pagado tan mal.

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