Don Quijote
Capitolul 36

La llegada de los enmascarados y un reencuentro inesperado

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Mientras don Quijote dormía, el dueño de la venta (hotel o posada para viajeros) vio llegar a un grupo de personas. Eran cuatro hombres a caballo, con máscaras negras, y una mujer vestida de blanco, también con la cara cubierta. Uno de los hombres bajó a la mujer del caballo en brazos. Ella suspiró profundamente y se sentó, débil y casi desmayada (inconsciente).

El cura preguntó a los criados de los recién llegados, pero nadie sabía quiénes eran. Solo sabían que la mujer lloraba mucho y que parecía viajar obligada. Dorotea, sintiendo mucha compasión, se acercó a la mujer y le ofreció su ayuda.

El líder del grupo, un hombre alto y fuerte, le dijo a Dorotea:

No se moleste, señora. Esta mujer no agradece nada y no dirá la verdad.

De repente, la mujer de blanco habló con voz triste:

Nunca miento. Por ser sincera y decir la verdad estoy sufriendo esta desgracia.

Cardenio, que estaba escondido en la habitación de don Quijote, escuchó esa voz. Dio un grito enorme:

—¡Dios mío! ¿Qué voz es esa que escuchan mis oídos?

La mujer, asustada, intentó correr hacia la habitación al escuchar el grito. El hombre alto la agarró con fuerza. En el forcejeo, la tela que cubría la cara de la mujer cayó al suelo. ¡Era una joven de hermosura increíble!

Al mismo tiempo, al hombre alto también se le cayó la máscara. Dorotea miró al hombre, soltó un grito tristísimo y cayó al suelo desmayada. ¡El hombre era don Fernando!

El cura corrió a echarle agua a Dorotea en la cara. Al descubrir su rostro, don Fernando se quedó pálido como un muerto. ¡Era su esposa secreta!

En ese momento, Cardenio salió de la habitación. Hubo un silencio total en la venta. Todos se miraban, como estatuas de piedra, sin poder creer lo que estaba pasando: Dorotea miraba a don Fernando, don Fernando a Cardenio, Cardenio a Luscinda, y Luscinda a Cardenio.

Luscinda rompió el silencio y le dijo a don Fernando:

Déjeme ir, señor. El cielo me ha puesto delante de mi verdadero esposo. Usted sabe que prefiero la muerte antes que estar con usted. Déjeme abrazar a Cardenio de una vez por todas.

Dorotea, que ya había despertado, se puso de rodillas frente a don Fernando. Llorando amargamente, le dijo unas palabras que tocaron el corazón de todos:

Señor mío, mírame. Soy la triste Dorotea. Yo era una labradora (campesina) humilde y feliz hasta que prometiste casarte conmigo. me robaste el corazón y el honor. No puedes ser de Luscinda porque ella ama a Cardenio, y eres mi esposo. Si eres un verdadero caballero, cumple tu promesa. Te amaré para siempre, y si no me quieres como esposa, acéptame al menos como tu esclava.

Las palabras y las lágrimas de Dorotea fueron tan sinceras que don Fernando, que en el fondo era un hombre noble, no pudo resistir más. Soltó a Luscinda, miró a Dorotea y la abrazó.

Has ganado, hermosa Doroteadijo don Fernando—. Es imposible negar tantas verdades juntas. eres mi esposa.

Libre por fin, Luscinda corrió hacia Cardenio. Los dos verdaderos amantes se abrazaron con locura, juntando sus caras llenas de lágrimas de alegría.

Fue un momento tan hermoso y emocionante que el cura, el barbero y los amigos de don Fernando empezaron a llorar. Incluso el pobre Sancho Panza lloraba como un niño, pero por una razón muy diferente: acababa de darse cuenta de que Dorotea no era una princesa mágica, sino una mujer normal. ¡Su sueño de tener un reino y mucho dinero se había roto para siempre!

Cuando todos se calmaron, don Fernando explicó su historia. Contó que, después de descubrir que Luscinda estaba escondida en un convento de monjas, fue con sus amigos y la secuestró a la fuerza. Desde ese día, ella no había hablado ni comido. Pero ahora, gracias al destino, todos estaban juntos en la venta, el lugar donde todas sus aventuras tristes habían terminado en un final feliz.

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