En el silencio de la noche, se escuchó una hermosa voz cantando una canción de amor. Dorotea despertó a doña Clara para que la escuchara. Pero la joven, al oír la voz, empezó a temblar de miedo.
—Ese chico no es un trabajador pobre —le susurró doña Clara a Dorotea—. Es el hijo de un hombre muy rico que vivía frente a mi casa en Madrid.
Clara le explicó que el chico estaba locamente enamorado de ella. Cuando el juez y su hija empezaron su viaje, el joven decidió disfrazarse para seguirlos por los caminos en secreto.
—Yo también lo quiero mucho, pero solo tengo quince años y mi padre nunca aceptará que me case con él sin su permiso —dijo Clara, llorando.
Dorotea la abrazó y le prometió que por la mañana encontrarían una solución. Las dos mujeres volvieron a dormir.
Mientras tanto, la hija de la dueña de la venta y su criada, Maritornes, decidieron hacerle una broma (un engaño divertido) a don Quijote. El caballero andante estaba fuera, montado en su rocín (caballo de trabajo rústico), haciendo guardia para proteger el lugar.
Las dos chicas se escondieron en el pajar (lugar donde se guarda la paja para los animales). Había un pequeño agujero en la pared que daba al campo. Desde allí, escucharon a don Quijote suspirar profundamente y hablar solo, declarando su amor eterno por su princesa imaginaria, Dulcinea del Toboso.
La hija de la dueña lo llamó en voz baja. Don Quijote miró hacia arriba. Al ver a las dos chicas en el agujero, su loca imaginación le hizo creer que estaba en un gran castillo y que la hija del rey estaba enamorada de él.
—Hermosa señora —dijo don Quijote con mucha formalidad—, lo siento mucho, pero mi corazón pertenece a la dulce Dulcinea. Sin embargo, si necesita otra cosa para demostrar mi valor, puede pedirla.
—Mi señora solo quiere tocar una de sus valientes manos —dijo Maritornes, aguantando la risa.
Don Quijote, muy orgulloso, se puso de pie sobre la silla de montar de su caballo para llegar al agujero. Estiró el brazo y dijo:
—Tome mi mano, señora. No para besarla, sino para admirar la fuerza de mis músculos.
Maritornes tomó rápidamente una cuerda gruesa y la ató fuertemente a la muñeca (la parte del brazo que se une con la mano) de don Quijote. Luego, ató el otro extremo de la cuerda a la puerta del pajar. Las dos chicas se escaparon corriendo, muertas de risa.
Don Quijote quedó atrapado. Estaba de pie sobre el caballo, con el brazo estirado y atado a la pared. Tenía mucho miedo de moverse. Si Rocinante daba un paso, él quedaría colgando en el aire. Como siempre, pensó que todo era obra de un malvado encantamiento (magia oscura).
Pasó toda la madrugada en esa posición tan incómoda. Al amanecer, llegaron cuatro hombres a caballo. Como la puerta estaba cerrada, empezaron a golpear fuertemente.
—¡Silencio! —gritó don Quijote desde su posición—. ¡No es hora de abrir este castillo!
Los hombres se rieron al escuchar sus palabras extrañas. Pero en ese momento, uno de los caballos de los viajeros se acercó a oler a Rocinante. Rocinante, que normalmente no se movía nunca, dio un pequeño paso para saludar al otro animal.
Al moverse el caballo, los pies de don Quijote resbalaron de la silla. El pobre hombre cayó, pero como estaba atado a la pared, quedó colgando del brazo. Apenas tocaba el suelo con la punta de los pies. El dolor era tan terrible que empezó a gritar con todas sus fuerzas, pensando que le iban a arrancar la mano.