Don Quijote
Capítulo 18

La batalla de las ovejas y los dientes perdidos

Espanhol B1 Intermédio
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Sancho llegó junto a su amo muy cansado, triste y adolorido. Al verlo, don Quijote le dijo para consolarlo:

Amigo Sancho, ahora estoy seguro de que ese "castillo" estaba encantado. Esos hombres que te lanzaron por los aires no eran humanos, sino fantasmas y espíritus mágicos. Por eso yo no podía moverme para ayudarte.

—¡No eran fantasmas, señor! —respondió el pobre escudero (ayudante)—. Eran hombres de carne y hueso, y hasta escuché sus nombres. Lo que yo creo es que estas aventuras solo nos traen mala suerte. Lo mejor sería volver a nuestro pueblo y trabajar tranquilos en el campo.

—¡Qué poco sabes de la caballería, Sancho! —suspiró don Quijote—. Ten paciencia. No hay mayor gloria en el mundo que ganar una gran batalla.

Mientras hablaban, don Quijote miró a lo lejos y vio una enorme nube de polvo en el camino.

—¡Este es nuestro día de suerte, Sancho! —gritó el caballero con alegría—. ¿Ves ese polvo? Es un gigantesco ejército de soldados que marcha hacia nosotros.

Pues deben ser dos ejércitosdijo Sancho mirando bien—, porque por el otro lado viene otra nube de polvo igual.

Don Quijote miró y, con su loca imaginación, inventó toda una historia. Dijo que eran dos reyes enemigos: el gran emperador pagano Alifanfarón y el rey cristiano Pentapolín. Según él, iban a luchar porque Alifanfarón estaba enamorado de la hermosa hija del rey cristiano. Don Quijote empezó a describir los colores, las banderas y las armas de decenas de caballeros imaginarios.

Sancho escuchaba en silencio y miraba hacia el polvo, pero no veía ningún soldado.

Señor... —dijo Sancho dudando—. Yo no veo a ningún rey ni a ningún caballero andante (héroe que busca aventuras). Tal vez es otro encantamiento mágico.

—¿Cómo que no los ves? —respondió don Quijote—. ¿No escuchas los caballos y los tambores de guerra?

Yo solo escucho balidos de ovejasdijo Sancho.

Y era la pura verdad. Las dos nubes de polvo eran dos grandes rebaños de ovejas y carneros que caminaban por el campo.

El miedo no te deja ver la realidaddijo don Quijote—. ¡Quédate aquí, yo iré a ayudar al rey cristiano!

Y diciendo esto, don Quijote atacó a las pobres ovejas con su lanza, como si de verdad fueran soldados peligrosos. Los pastores que cuidaban los animales le gritaron que se detuviera, pero él no escuchaba. Entonces, los pastores sacaron sus hondas y empezaron a lanzarle piedras del tamaño de un puño.

Una piedra golpeó fuertemente las costillas de don Quijote. Creyendo que estaba casi muerto, el caballero sacó su famosa botella mágica y empezó a beber su medicina. Pero en ese momento, otra piedra le dio en la mano. La piedra rompió la botella, le aplastó los dedos y le arrancó tres o cuatro dientes de la boca.

El pobre hidalgo cayó de su rocín (caballo viejo) al suelo. Los pastores, asustados, recogieron a sus ovejas muertas y se fueron corriendo.

Sancho bajó de su asno y corrió hacia su amo. Lo encontró en el suelo, muy malherido.

—¿No le dije que eran ovejas, señor? —lloró Sancho.

Ese es el poder de mi enemigo mágicoexplicó don Quijote—. El mago transformó el ejército en ovejas para robarme la gloria. Pero acércate, Sancho, y mira cuántos dientes me faltan, que me duele mucho la boca.

Sancho se acercó mucho para mirar. Justo en ese momento, la fuerte medicina mágica hizo efecto en el estómago de don Quijote. El caballero vomitó todo el líquido directamente en la cara de su escudero. El olor era tan horrible y daba tanto asco, que el estómago de Sancho también se revolvió, y el escudero terminó vomitando sobre su propio amo. Los dos quedaron completamente sucios.

Sancho corrió hacia su burro para buscar sus alforjas (bolsas de viaje) y sacar algo para limpiarse. Pero, ¡sorpresa! Las bolsas no estaban. El dueño del hotel se las había quedado en pago por la noche. Al darse cuenta de que no tenían dinero, ni comida, ni ropa limpia, Sancho estuvo a punto de volverse loco. Quería dejar a su amo para siempre.

Don Quijote se levantó y se acercó a él con mucha calma.

Sancho, amigo, no pierdas la esperanzadijo el caballero—. Después de la tormenta siempre sale el sol. Dios no nos abandonará. Por favor, mete el dedo en mi boca y dime cuántas muelas me quedan arriba.

Sancho metió el dedo y tocó la boca destruida de su amo.

Señor... en la parte de arriba no le queda ningún diente. Está todo liso como la palma de mi mano.

—¡Qué gran tragedia! —suspiró don Quijote con mucha tristeza—. Hubiera preferido perder un brazo. Has de saber, Sancho, que una boca sin muelas es como un molino sin piedra. Un diente vale mucho más que un diamante. Pero este es el precio de la caballería. Vamos, amigo, guía el camino esta noche.

Y así, poco a poco, amo y escudero continuaron su viaje buscando un lugar donde dormir, mientras Sancho pensaba en cómo alegrar a su triste señor.

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