—"Yo nací en las montañas de León —comenzó a relatar el cautivo—. Mi familia era noble y rica, pero mi padre gastaba todo su dinero con demasiada facilidad. Había sido soldado de joven, y los militares tienen la costumbre de ser muy generosos. Viendo que iba a arruinarse a sí mismo y a nosotros, nos llamó un día a sus tres hijos y nos dijo:
»Hijos míos, antes de perder toda la riqueza que tengo, voy a repartir el dinero hoy mismo. Dividiré todo en cuatro partes: tres para ustedes y una para que yo pueda vivir en mi vejez. Quiero que cada uno elija un camino en la vida: la Iglesia, los negocios en el mar o servir al Rey en la guerra.
»Yo, que era el hermano mayor, le dije que seguiría la vida militar. Mi segundo hermano decidió irse a América para hacer negocios, y el menor eligió estudiar en la universidad para entrar a la Iglesia. Nos despedimos llorando, y cada hermano le devolvió un poco de dinero a nuestro padre para que no pasara pobreza. Desde aquel día hace veintidós años que salí de casa, y nunca he vuelto a saber nada de ellos.
»Fui a Italia y me hice soldado de infantería. Trabajé duro y poco a poco subí de rango hasta convertirme en Capitán. Tuve la gran suerte de luchar bajo el mando de Don Juan de Austria, el hermano del Rey de España. Ese fue el famoso día de la Batalla de Lepanto, un día glorioso en el que los cristianos vencimos a los turcos otomanos y destruimos su orgullo en el mar. Fue un día feliz para la cristiandad, pero terrible para mí.
»En medio de la batalla, mi barco saltó a pelear contra un barco enemigo muy peligroso, dirigido por el corsario Uchalí, Rey de Argel. Yo salté valientemente al barco turco, pero mi propio barco se alejó de repente y me quedé solo entre miles de enemigos. Peleé con todas mis fuerzas, pero me dieron muchas heridas y me rindieron. Así, mientras quince mil prisioneros cristianos conseguían su libertad aquel día, yo me convertí en esclavo y cautivo.
»Me llevaron prisionero a la ciudad de Constantinopla, donde el Gran Turco hizo general de la mar a mi amo. Los siguientes años fueron de mucho sufrimiento y sangre. Como esclavo, trabajaba remando en los barcos de guerra, encadenado al asiento de madera, sin poder hacer nada. Pude ver batallas terribles, como cuando don Juan de Austria conquistó Túnez para los cristianos y cómo, al año siguiente, los turcos volvieron con un ejército inmenso de más de cuatrocientos mil hombres.
»En ese ataque perdieron dos de las fortalezas más importantes: La Goleta y otro fuerte cercano. Los soldados españoles pelearon como leones. En el fuerte, mataron a más de veinticinco mil turcos antes de perder. Casi todos los españoles murieron en el combate, y los pocos sobrevivientes fueron tomados como esclavos, incluyéndome a mí.
»En aquel fuerte conocí a un prisionero, un soldado español valiente e inteligente llamado Don Pedro de Aguilar, que venía de la región de Andalucía. Tenía un gran talento para escribir poesía. Como esclavo, remábamos juntos en el mismo banco del barco. Antes de salir del puerto, Don Pedro escribió dos hermosos poemas para honrar a los valientes soldados que murieron defendiendo las fortalezas. Si quieren, se los puedo recitar de memoria."
Cuando el cautivo mencionó el nombre de Don Pedro de Aguilar, don Fernando y sus amigos se miraron con sorpresa y se sonrieron.
—Espere un momento, señor —le interrumpió uno de los caballeros amigos de don Fernando—. ¿Qué le pasó a ese Don Pedro de Aguilar?
—No lo sé con seguridad —respondió el cautivo—. Sé que después de dos años como prisionero en Constantinopla, logró escapar disfrazado, acompañado de un espía griego. No sé si logró llegar a España sano y salvo, porque tiempo después vi al espía en Constantinopla, pero no pude preguntarle qué había pasado con el soldado español.
—¡Pues sí llegó! —exclamó el caballero, muy feliz—. Porque ese Don Pedro de Aguilar es mi hermano. Ahora está en nuestro pueblo, sano, rico, casado y con tres hijos.
—¡Gracias a Dios! —dijo el cautivo con una gran sonrisa—. No hay alegría más grande en el mundo que recuperar la libertad.
—Además —añadió el hermano de Don Pedro—, me sé de memoria los poemas que mi hermano escribió en la cárcel. ¿Quieren que se los recite yo?
—Por supuesto, dígalos usted, que los sabrá mejor que yo —respondió el cautivo.
Y así, mientras todos escuchaban con gran emoción, el caballero se preparó para recitar el primer poema sobre la caída de la fortaleza de La Goleta.